viernes, 22 de abril de 2011

BRUNET DE BAINES


Dicen que la arquitectura es la historia del mañana. Y en un país todavía colonial como Chile, poco destacaba en la búsqueda de un estilo, de una personalidad, que le diera el sello a la gran ciudad capital. Solo cuando los cañones de la independencia detienen su tronar, comienza la nueva arquitectura chilena.
Fue don Francisco Javier Rosales, encargado de negocios de Chile en Francia, quien contrató al primer arquitecto para la nueva república. El francés Claude François Brunet de Baines. El arquitecto, una de las grandes figuras de su profesión en Francia, estaba amargado. Su simpatía hacia el rey de Francia, Luis Felipe de Orleáns sufría un doloroso revés cuando éste abdicaba frente a la una nueva república.
En Chile, el gobierno del general Manuel Bulnes decide crear, entre otras obras, una Escuela de Arquitectura, y había solicitado la búsqueda de un profesional destacado al embajador Rosales. Y Brunet de Baines llenaba los requisitos. Premios, reconocimiento, presidente del Consejo de Arquitectos de París. Pero amargado por la derrota de su rey, Y viaja a Chile junto a su esposa y su hija con un contrato de siete años. Pero al llegar a Valparaíso, su mujer no resiste la vida chilena y decide regresar a su patria con su hija.
Brunet de Baines quedaba solo, y tampoco recibía en la capital el afecto y respeto que esperaba. Pero cumple su compromiso y comienza el febril trabajo que le han encomendado, como director de la nueva escuela y arquitecto del gobierno. Solo seis alumnos se inscriben en su cátedra, entre ellos Manuel Aldunate y Fermín Vivaceta. Pero en el Congreso se reclama por el salario de Baines, y la sociedad no lo acepta en sus salones.
De su genio nacen el Palacio Arzobispal, frente a la Plaza de Armas, la Iglesia de la Vera Cruz y el Teatro Municipal, destruido por un dramático incendio en 1870. Junto al templo de la Compañía de Jesús levantaba las obras del Congreso Nacional y comenzaba la construcción del edificio del Instituto Nacional.
Mantenía correspondencia con su familia, diciendo que tan pronto terminara el contrata regresaría a Francia con ellos. Convertido en un solitario, regresar se convierte en obsesión. Al menos, allá, se reconocía su calidad. Y fue en esos días cuando el nuevo emperador, Napoleón III, le confería la Gran Cruz de la Legión de Honor.
Y llegó el día en que terminaba su contrato. Era el 16 de julio de 1855. Santiago había cambiado de rostro, y el estilo neoclásico confería un nuevo rostro a la ciudad. Solicitaba un certificado de buen servicio al Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública,
Pero el esfuerzo había sido tremendo, y el cansado corazón de Claude François Brunet de Baines se detenía el 18 de junio de 1855. Solo Fermín Vivaceta y algunos artesanos acompañaron sus restos al Cementerio General. Una bóveda de ladrillos y una reja de fierro con una letra B al centro recuerdan al padre de la arquitectura chilena.

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