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sábado, 9 de julio de 2011

Haroldo en Italia. Héctor Berlioz



Ganar el Premio de Roma había sido su ambición, y al lograrlo, dejaba atrás su círculo de amigos y artistas, una novia y el sueño imposible de su romance con una actriz de segunda categoría. Ya en Italia sintió la decepción de un ambiente- para él – estrecho y parroquial. Los poetas románticos son su inspiración, y compone obras en las que ese sentimiento impregna absolutamente sus obras, aun cuando sea difícil imaginar a qué parte de una obra pertenece. Y es el caso de la obra que vamos a recordar.

Por supuesto que es Héctor Belioz el compositor al que nos referíamos, el mismo que estando en Italia y al enterarse del matrimonio de su novia, cambió sus ropas por las de mujer, compró un par de pistolas y viajó en diligencia para matar a la infiel. Y todos sabemos que regresó a Italia, tras una breve farsa de suicidio y siguió ganando el dinero que le otorgaba el premio.
Pero al regresar, sumó recuerdos y dos años más tarde iniciaba el trabajo.
Y nacía Haroldo en Italia. El gran Paganini le pide, admirado por su Sinfonía Fantástica, una pieza para su Stradivarius. Berlioz trabaja primero sobre las últimas horas de María, Reina de los Escoceses, pero finalmente termina con una sinfonía en cuatro movimientos: Haroldo en Italia.


Berlioz era un romántico de tomo y lomo, un hombre a quien lo convencional le disgustaba profundamente, y escuchar en Italia la ópera tan en boga en esos momentos simplemente lo detestaba. En cambio añoraba, según el mismo lo escribe, ponerme al servicio de un jefe de bandoleros. Esa es la vida que anhelo: “volcanes, rocas, entre rumas de pillaje en las cuevas de la montaña, un concierto de alaridos acompañados por una orquesta de pistolas y carabinas, sangre y “lachryma Christi”, una cama de lava mecida por temblores subterráneos. Allons donc, voilà la vie!”


El estreno de esta sinfonía fue un éxito inesperado, pero de ahí en adelante, sólo fracaso. Pareciera que su paso por Italia cortó la carrera ascendente iniciada con La Sinfonía Fantástica. Su segunda Sinfonía, Haroldo en Italia, aun nos sorprende. Siendo un concierto para viola, respondiendo a la petición hecha por Paganini, sin embargo su participación es breve, sin cadenzas, y solo al final de la obra. Por los títulos de sus cuatro movimientos, sería un poema sinfónico,  o música programática enlazada por el tema solista como una “idea fija”. Y sin embargo es la obra más cercana a Beethoven, ciñéndose fielmente a la estructura sinfónica del maestro.
En su creatividad, Berlioz entrega a Haroldo el rol de observador de la obra, llevando la orquesta la descripción. En el tercer movimiento (Serenata de un montañés de Abruzzes, allegro assai – allegretto), Berlioz recuerda su estadía en Italia, en Alatri, cuando está regresando a Nápoles, y estando esa noche en un albergue de duras camas, plagadas de piojos -según su gráfica descripción – escuchó a unos jóvenes dando una serenata a una amante apoyada en un balcón, con el acompañamiento de una guitarra y un desafinado clarinete. Este será el trasfondo musical del tercer movimiento de Haroldo en Italia,  de Berlioz.

Al enfrentar el cuarto movimiento (orgía de los bandoleros, allegro frenetico – adagio – allegro – tempo primo), la viola asume totalmente la subjetividad, la interpretación del entorno, mientras la orquesta sigue más fuertemente su función descriptiva. Caminos, ritmos de la procesión y las balas que matan al viajero, a Childe Harold. La viola enmudece y se funde en el ceremonial berlioziano de la muerte, una marcha fúnebre sin el sello de otras que él escribiera, porque se mezcla la muerte con la orgía de los bandoleros, mientras Haroldo cae mortalmente herido.

Decíamos que Haroldo había sido un éxito en su estreno. El regreso de Italia de Berlioz se veía auspicioso. La Sinfonía Fantástica le había dado nombre, y ahora estrenaba Lelio, algo así como su segunda parte; Harriet Smithson, su mujer idolatrada, finalmente accedía a casarse con él, pero vendría la terrible realidad a enseñorearse en la vida del compositor. Su ópera Benvenuto Cellini fracasaba, su mujer le endeudaba mientras padecía una y otra enfermedad, y la ruina solo se veía compensada con un inesperado regalo, 20.000 francos, enviado por Paganini junto a una nota en que se leía: “Muerto Beethoven solo Berlioz puede hacerle revivir”.
Los años siguientes serían de soledad, fracaso y muerte. Solo la compañía de María Recio fue su consuelo.
Héctor Berlioz, el maestro de la orquestación y de la música programática, falleció en 1869.

(Recuerdos de mi programa Música y Músicos en Radio Beethoven)

viernes, 8 de julio de 2011

George Sand y Federico Chopin

Todos conocemos la historia de amor, apasionada y frustrante, en las vidas de Federico Chopin y George Sand. Ella había nacido en 1804, el mismo año en que Napoleón Bonaparte asumía como emperador de los franceses, y la bautizaron Amandine Aurore Lucie Dupin, llegando a convertirse en la baronesa Dudevant. Rostro y alma de los románticos franceses, sus amores escandalizaron a muchos, pero fue la gran escritora del romanticismo. Sus frases fueron famosas. Y su recuerdo, inmortal. Una de sus frases sirva para iniciar este texto. “Te amo para amarte y no para ser amada, puesto que nada me place tanto como verte feliz”.


El gran escritor ruso Fiodor Dostoievsky escribió interesantes recuerdos sobre George Sand y su época. El año 1830 es de revoluciones y marca el desarrollo pleno del movimiento romántico. Dostoiewsky recuerda ese periodo, cuando en Rusia estaba prohibido leer las obras del nuevo movimiento cultural que explotaba en Europa. Y escribe: “Muy pronto se comprendió entre nosotros el gran movimiento literario producido en Europa en el comienzo mismo de la cuarta década… que se manifestó con especial impulso en el arte, en la novela, y sobre todo, con George Sand”. Es cierto que Senkovsky y Bulgarin pusieron en guardia al público contra George Sand, incluso antes que se publicaran sus novelas en ruso. Y asustaron a las damas rusas porque ella usaba pantalones, atemorizando con la depravación y procuraron por todos los medios ridiculizarla. Una frase de George Sand: Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado”.
Sigamos con Dostoievsky. Recuerda que “ella apareció en idioma ruso aproximadamente en la mitad del año treinta, y la admiración que produjo en todos fue considerable. Creo que como a mí, en plena adolescencia, como a todos, sorprendió por la castidad, la elevada pureza manifestada en sus tipos y los ideales puros que sustentaba” . Otra frase de George Sand: “Dios ha puesto el placer tan cerca del dolor, que muchas veces lloramos de alegría”.


No era fácil en los tiempos en que George Sand escribía, aceptar sus defensas de la mujer, o a sus heroínas que enfrentando el peligro, sobreponían su virtud y su honor. Su palabra sonaba a peligrosa para las mentes más conservadores. No es casualidad que un crítico haya escrito: “en el orgullo de esta requisitoria femenina, en esa castidad irreconciliable con el vicio, en esta osadía con que las inocencia se lanza a la lucha y mira claramente a los ojos, se encierra un veneno, el futuro veneno de la protesta femenina, de la emancipación de la mujer”.


Volvamos a las reflexiones de Dostoievsky. La muerte de la escritora le afecta profundamente, y trata de definir su obra: “George Sand no era una pensadora, pero sí uno de sus más evidentes presentidoras, si es que se me permite usar tan inadecuada palabra, de ese futuro feliz que espera a la humanidad, en el logro de cuyos ideales creyó animosa y generosamente toda su vida”.
Y, una frase de ella: “La belleza exterior no es más que el encanto de un instante. La apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma”.


Borrascosa unión la de Federico Chopin y la George Sand, con dificultades domésticas donde las preferencias por los hijos de la escritora generan tormentas familiares. Viajes por Francia, España, Mallorca, y nuevamente Francia, en busca del alivio físico, para un genio que se consume. Ella escribe: “Nos equivocamos a menudo en el amor, a menudo herido, a menudo infeliz, pero soy yo quien vivió, y no un ser ficticio, creado por mi orgullo”.


El 8 de junio de 1876, dejaba de existir Aurora Lucille Dupin, baronesa Dudevant, personaje marcado por su tiempo, amante del poeta Alfred de Musset, amiga de Liszt y Delacroix, compañera por años de Federico Chopin, escritora de avanzada, luchadora por la igualdad femenina y profunda crítica literaria y social. Ya dedicaremos un texto al gran Chopin, pero valía la pena conocer un poco más a su musa de sus años finales.