lunes, 3 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
Los mártires de Rancagua.
A las 10 de la mañana del día sábado 1 de octubre de 1814 las unidades realistas esperaban la orden de atacar las trincheras patriotas. Solo cuatro calles conducían a la plaza de armas, donde se agitaban mil quinientos defensores, encerrados tras las trincheras improvisadas en las cuatro salidas de la plaza. De los cinco mil soldados del ejército realista, sobre dos mil completaban el cerco.
Fue un combate sin tregua, horroroso, donde los cañones enrojecían por los disparos sin descanso, que se prolongaron el sábado 1° y el domingo 2 de octubre. Siete veces intentaron romper las defensas los atacantes del Rey, y siete veces fueron rechazados, pero a un alto costo humano para ambos bandos. Cerca de las cuatro de la tarde de ese domingo, la masacre hace imposible mantener la defensa y O’Higgins, sable en mano ordena la salida de sus escasas tropas montadas en caballos y mulas.Todos conocemos ese pasaje histórico, con O’Higgins montado guiando a sus soldados que se abren paso entre las bayonetas españolas. Pero pocas veces hemos pensado en lo que ocurrió en la plaza de Rancagua después que los heroicos centauros lograron atravesar el cerco de fuego.
En el interior de la plaza el combate se hace más encarnizado. Los realistas invaden el lugar por sus cuatro costados exigiendo rendición incondicional. Los Talaveras avanzan por la destrozada calle de San Francisco y alcanzan el centro clavando sus banderas. Pero los tiros aislados de los últimos defensores hablan de la tenaz resistencia. Arrastrándose, el ensangrentado capitán Millán logra asilarse en el templo, donde será hecho prisionero. Casi formando un cuadro, los últimos defensores resisten. El joven penquista José Ignacio Ibieta y Benavente, sin piernas por los disparos del cañón enemigo, resiste hasta caer exánime. Frente a la entrada de la calle San Francisco, el teniente José Luis Ovalle mantiene en alto la bandera chilena, con sus ensangrentados colores azul, blanco y amarillo, mientras con su diestra hace molinetes con el sable; pero es acribillado a quemarropa. De inmediato, el teniente José María Yáñez, quien ha sido el acompañante de Ovalle, toma en sus manos la bandera antes que caiga al barro. Pero es destrozado por balas y bayonetas.
Más allá, en la calle de la Merced, el teniente coronel Bernardo de las Cuevas se defiende a sablazos. Golpeado una y cien veces, cae. Confundido con O’Higgins por su gran parecido físico, es fusilado en el acto. La resistencia se va debilitando, los disparos son aislados y los gritos de dolor son el coro que envuelve la plaza destrozada.
Pero faltaba el último acto de la barbarie.
Una casona convertida en hospital para el combate, cobija a los soldados heridos, a las mujeres, niños y ancianos. Hasta ese punto son arrastrados por los triunfadores los heridos que cubren las calles. Los encierran y prenden fuego por los cuatro costados de la casona. Las manos se crispan en las rejas mientras el humo y las llamas invaden el recinto. Los gritos se escuchan a cuadras de distancia, hasta que el silencio, como un bálsamo, cubre el lugar.
Días después, las rejas son sacadas de la construcción con las manos de las víctimas aún aferradas a los ahora tibios fierros, y exhibidas en medio de la plaza como advertencia que no habría cuartel contra los que resistieran el poder del rey.
Un episodio silencioso y olvidado, que valía la pena recordar en un aniversario más del desastre de Rancagua.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Susurros del Huáscar.
El fin de semana tripulamos la cubierta del monitor Huáscar. Formaba parte del equipo de televisión de la Cámara de Diputados y debo reconocer que, a pesar de la pasión personal por la Historia, nunca había estado a bordo de esa reliquia maravillosa.
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| El lecho de Ignacio Serrano |
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| El punto donde cayó Prat |
Entrar al camarote del comandante Miguel Grau, o detenernos por un instante en el pequeño camastro donde Ignacio Serrano agonizara luego del segundo abordaje; o caminar los pasos tensos de Prat, desde que cae sobre el castillo de proa y bajando la escala metálica avanza con la vista fija en el pabellón peruano y detenernos por un instante en el pequeño monolito de bronce que marca el punto de su sacrificio.
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| Manuel Thompson |
Uno siente profundamente el amor de esos hombres que se enfrentaban defendiendo sus convicciones así se les fuera la vida en ello. La torreta giratoria, accionada por 16 hombres bajo cubierta, la estructura de bronce que nos recuerda la violenta muerte de don Miguel Grau, y las escalas que conducen al castillo de popa, donde otro monolito marca el punto donde otro héroe de esos días entregaba su vida un 27 de febrero de 1880, el comandante del ahora Huáscar chileno, Manuel Thompson.
Uno siente la Historia como una neblina que nos envuelve, repitiendo el sonido de las balas, los gritos de abordaje, las órdenes y el silencio de la muerte.
El Huáscar es un símbolo al valor de sus hombres y al respeto por sus hechos inolvidables.
Al alejarnos de la estructura histórica, de gráciles líneas y bellamente pintada, sentimos un profundo cariño al pasado, y nos dan ganas de decirles a todos sus visitantes: miren a uno de los actores de nuestra Historia americana. Los hombres han muerto y viven en el recuerdo. El Huáscar está ahí, meciéndose con el suave movimiento de las olas de Talcahuano, como un testimonio eterno del valor de aquellos que algún día lo tripularon, jurando defenderlo más allá de la propia vida.
lunes, 19 de septiembre de 2011
La Monja Alférez.
De los muchos personajes que enriquecen con sus hechos los duros años que siguen a la conquista del territorio chileno destaca una niña nacida en San Sebastián, España, allá por el 1592. Bautizada como Catalina por sus padres, que lo fueron Rodrigo de Erauso y la señora Isabel Vidarte, su progenitor, hombre de fe y mandas, la recluye en el pequeño convento del pueblo.
Pero Catalina huye la noche del 18 de mayo de 1607 (tenía 15 años), se corta el pelo, se cambia de ropas y así, disfrazada de hombre, se convierte en mandadero, pregonero y paje. Finalmente se alista como grumete, a los 19 años, embarcándose en una nave que se dirige a las Américas.
Nadie imagina que detrás del traje se esconde una mujer decidida. Toma plaza de soldado en Veracruz, México, donde en medio de guerras contra los nativos y juegos de naipe, sobresale por su valentía y audacia. En una de esas riñas de jugadores da muerte a espada a dos muchachos. Condenada a prisión, se fuga abordando una nave que se dirige al sur. Pero recién estaban comenzando sus correrías. Llega al Callao y parte a Trujillo y desde allí a Charcas, en donde en un nocturno duelo mata al mismísimo corregidor. Catalina huye una vez más, llegando a Lima donde se incorpora a la expedición que comanda Bravo de Saravia hacia la Guerra de Arauco.
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| Catalina de Erauso, la monja alférez |
Ya en Chile se destaca por su fiereza en el combate, y se le adjudica la muerte del toqui Aillavilú. En uno de los tantos combates Catalina es herida y enviada a Concepción. Allí bajo el título y nombre de Alférez Ramírez de Guzmán asume el mando del fuerte de Paicaví, donde una vez más da muestras de su carácter y fiereza, ahorcando al toqui Quirihuanche y provocando así la retirada de los levos que asaltaban en fuerte.
Permanece un tiempo en Arauco, pero decide viajar a Tucumán y Guamanga, y presintiendo su muerte pide confesarse con el obispo, relatándole su historia. La respuesta le sorprende, porque el obispo la reconoce como una heroína. La guerrera vuelve a Lima y toma el hábito de las Monjas Clarisas. Tiene tan solo 32 años cuando llega a Madrid, donde es recibida por el propio rey de España Felipe IV, quien le concede una pensión vitalicia y la posibilidad de acceder a una entrevista con el papa Urbano VII. En Roma, el Pontífice queda tan admirado de la historia de la mujer que le concede el uso de prendas masculinas. Catalina permanece un tiempo en Italia donde escribe sus memorias. Pero su pasado es más fuerte, y regresa a México, donde en una torpe pelea muere en 1650.
Catalina de Erauso, a quien nuestra Historia la recuerda como La Monja Alférez, uniendo así los dos espíritus de esta indomable mujer.
domingo, 18 de septiembre de 2011
¿Qué fue de García Carrasco?
Todos recordamos que el 18 de septiembre de 1810 don Mateo de Toro y Zambrano asumió como presidente de la Junta Nacional de Gobierno, pero poco nos hemos preocupado de quien fuera el anterior y último gobernante español de Chile, don Francisco Antonio García Carrasco y Díaz.
Envuelto en las intrigas palaciegas, acusado por su actuación en el asalto y crimen en el caso de la Scorpion, y por el rechazo que encontraba en criollos y españoles. Su última y absurda actuación, cuando ordenó detener a los patricios José Antonio de Rojas, Juan Antonio Ovalle y Bernardo de Vera y Pintado, acusados de conspiración.
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| El gobernador García Carrasco. |
La reacción social fue inmediata y el 16 de julio de 1810, a instancias de la propia Real Audiencia, don Francisco Antonio entregaba el mando. Fue entonces cuando asumió don Mateo de Toro y Zambrano quien dos meses más tarde llamaría al histórico cabildo abierto
¿Qué fue de García Carrasco?
Durante un tiempo siguió viviendo en el palacio de los gobernadores, e incluso el día 18 de septiembre encendió luminarias en el palacio, más que celebrando la formación de una Junta, para demostrar su rabia contra los oidores de la Real Audiencia que jamás lo habían aceptado. En la calle, una orquesta saludaba a las nuevas autoridades.
Y cuando el 1 de abril de 1811 se produce el motín realista de Tomás de Figueroa, es acusado por su anterior secretario personal, Martínez de Rozas, de ser parte de la conspiración, siendo detenido.
Poco después era deportado a Lima, donde va a fallecer en agosto de 1813, en los momentos en que el ejército de José Miguel Carrera ponía sitio al ejército realista encerrado en la ciudad de Chillán.
Oscuro y frustrante fin de un oscuro oficial que llegó a Chile a cumplir labores secundarias y que terminó elevado al más alto cargo del gobierno colonial.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Dos 18 de septiembre.
En 1810, se reunía un Cabildo Abierto en la ciudad de Santiago de Chile. Las noticias llegadas desde España hablaban de la invasión de los ejércitos franceses y la prisión del rey Fernando VII. Y al igual que lo que ya estaba ocurriendo en otros países, se buscaba la fórmula para preservar la colonia al “bienamado” rey español, sumándose Santiago a la tendencia de proclamar su adhesión a la monarquía hispana. Y eso fue el 18 de septiembre, pero detrás de ese acto surgía entre los concurrentes la idea de avanzar hacia un proceso de independencia, que sólo se hará más claro al año siguiente, cuando durante el gobierno de José Miguel Carrera se proclame un ensayo constitucional que desconocía cualquier ley que no fuera nacida en la Patria. Bandera y escudo nacionales sellaban ese pacto de libertad.
Después vendrán las guerras y el triunfo realista, sometimiento al país a la corona en 1814, hasta recuperar la independencia en 1817.
Pero ese 18 de septiembre se había dado el primer paso, y por eso Chile lo celebra como el día de las Fiestas Patrias.
Cuán diferente lo que ocurriría 81 años más tarde, en un 18 de septiembre distinto, y en medio de un país ensangrentado por la guerra civil. Porque ese 18 de septiembre de 1891 el presidente constitucional José Manuel Balmaceda apoyaba el revólver en su sien y terminaba con su vida. Era el cierre a una etapa de grandes transformaciones encabezadas por las tendencias liberales y que daría paso al poder de los congresistas.
Dos 18 de septiembre, tan diferentes en sus emociones y en sus consecuencias. Y por eso quisimos recordar esos dos días, iguales en fecha pero tan contrapuestos en significación. En el primero se abría la puerta a las grandes transformaciones que darían forma a la república. En el segundo, la puerta simplemente se cerró.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Francisco Bilbao. Un iluminado del siglo diecinueve.
Francisco Bilbao nació, vivió y murió mientras Franz Liszt era el amo absoluto de los salones parisinos.
Cuentan que el niño Francisco Bilbao Barquin había heredado de su abuelo, Antoine Berney, la pasión por las revoluciones..
Pero el muchacho alcanzaría aun mayor renombre que su abuelo al convertirse en cabeza visible e indiscutible de los movimientos revolucionarios en el Chile de mediados del siglo diecinueve.
Digamos que nuestro personaje era alto, de penetrantes ojos verdes, melena aleonada, y voz electrizante, y que generaba espontánea seducción en los políticos y los obreros de su tiempo. Y que no vivió una vida muy apacible.
Nació en Santiago en 1823, pero debió pasar su infancia en el destierro, en Lima, junto a sus padres. Cuando regresa a Chile (1839) descubre la poderosa fuerza del racionalismo, estudia filosofía, lee y escribe, y sus escritos generan polémica, tanto, que su Sociabilidad chilena, publicada en 1844, es considerada un ataque directo a los sacerdotes, siendo condenado por blasfemo, inmoral y sedicioso. Se defiende en los tribunales ante una muchedumbre que le espera ansioso y que tras aplaudir el triunfo de Bilbao, reúne las multa exigida.
Su pensamiento llamó la atención en Francia donde Edgar Quinet publica estos hechos en su obra El Cristianismo y la Revolución Francesa. Ese año, Bilbao, con sus 21 años, viaja a Francia, entra en contacto con los principales pensadores que le admiran, entre ellos Quinet, Lamennais y Michelet, miembros destacados del Colegio de Francia. En 1848 regresaba a Chile ingresando al departamento de Estadísticas del Gobierno para ser, entre otros, el promotor de las guerras civiles de aquellos años.
El candidato presidencial del gobierno es el conservador Manuel Montt. Bilbao pone su pluma y pensamiento en impedir su triunfo. Se une a Vicuña Mackenna, que tiene 19 años, a Santiago Arcos, que también regresa desde Paris, José Zapiola, Eusebio Lillo, Manuel Recabarren y muchas más.
Funda la Sociedad de la Igualdad, primera expresión organizada de la política chilena, donde se integran los aristócratas cercanos al liberalismo y los obreros que inician su organización gremial.
Allí, los seguidores de la revolución francesa cambiaban sus nombres por los héroes girondinos exaltado por Lamartine en su Historia de los Girondinos (1847). Lastarria era Brissot, Bilbao era Vergniaud, Recabarren era Barbaroux, y Eusebio Lillo era Rouget de l’Isle. Pero el gobierno, temiendo un brote revolucionario, asalta el local de la Sociedad (19 de agosto de 1850) y decreta el estado de sitio. Por su publicación de Los Boletines del Espíritu, es excomulgado.
La lucha se inicia el 20 de abril de 1851 y Bilbao está entre los cabecillas del motín que dirige el coronel Pedro Urriola. Tras un fallido asalto al cuartel de artillería, la revolución fracasa y los principales jefes deben huir del país, mientras otros se concentran en Copiapó y en Concepción, para continuar la Guerra civil.
Bilbao logra exiliarse en Perú, donde escribe más obras y pensamientos, pero es obligado a alejarse y parte a Europa (1855). En Paris publica El Dualismo de la Civilización Moderna, y regresa a Buenos Aires donde su pluma no descansa.
Participa activamente en las luchas políticas argentinas. Estando a orillas del Mar del Plata, rescata a una mujer que ha caído y se ahoga, logrando salvarla. Pero el esfuerzo fue demasiado para su cuerpo, muriendo pocos días después de una neumonía, acompañado por su gran amigo José Victorino Lastarria.
Era el 9 de febrero de 1865.
Francisco Bilbao, tenía 41 años.
A veces es bueno recordar a esos personajes que nos dieron pensamiento y acción y que no tienen un lugar de privilegio en la memoria de los chilenos.
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