Cuando el joven gobernador don García Hurtado de Mendoza llegó a Chile (1557), venía acompañado de un séquito impresionante: brillantes armaduras con cascos emplumados, elegantes damas, cañones, sacerdotes y poetas. Y entre estos últimos, don Alonso de Ercilla.
Al llegar a Lima, el virrey de Perú era ni más ni menso que su padre, quien lo manda a la Araucanía a resolver el problema de sucesión, designándole nuevo gobernador de Chile.
No vamos a detenernos en los detalles de su llegada, ni cómo encerró en una nave a los dos aspirantes, ni que se instaló en el sur, no visitando ni un solo día la ciudad de Santiago.

García Hurtado de Mendoza decide celebrar con juegos y torneos tan augusta noticia. Pero en momentos en que la elegante comitiva se dirige a la plaza de armas, un tal Juan Pineda atropella con su caballo a don Alonso de Ercilla, quien cabalga al costado de García Hurtado. El poeta reacciona indignado, echando mano a su espada toledana. Pineda hace lo mismo, pero el gobernador, de solo 22 soberbios años, los manda detener y a ser ahorcados a la mañana siguiente.

Nadie sabe qué ocurrió, aunque muchos lo imaginan, pero la diversión ablandó por un instante el duro corazón del militar, logrando así el ansiado perdón.
Nunca imaginaron esas jóvenes muchachas que su heroico acto permitió salvar la vida a una de las figuras cumbres de la literatura universal, don Alonso de Ercilla y Zúñiga, el inventor de nuestra fama, y que asombró al mundo con su “Chile, fértil provincia y señalada…”
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