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martes, 14 de febrero de 2012

El Padre de la Buena Muerte.

El 13 de febrero recién pasado recordamos los doscientos años de la publicación de la Aurora  de Chile.  De inmediato se nos viene a la mente el nombre del sacerdote Camilo Henríquez, alma del periodismo chileno. El mundo estaba en pleno proceso de profundos cambios. España invadida por Napoleón; proclamaciones de juntas de gobierno en varias naciones latinoamericanas, verdadero  preludio del proceso de emancipación; empoderamiento del virrey Abascal en Perú, como defensor de la monarquía hispana; crisis política, guerras europeas, amanecer de una nueva época.
Chile ha vivido a partir de 1810 su propio proceso, primero con el triunfo del Cabildo sobre la Real Audiencia y la proclamación de la primera junta de gobierno en septiembre. Un año más tarde se inauguraba el primer Congreso Nacional, pero aparecía esa centella de energía que era don José Miguel Carrera, y en asonadas propias de esos días donde las ideas se enfrentaban con gritos o en la punta de las bayoneta, creaba una bandera nacional, un escudo y un ensayo de constitución. Y eso requería crear opinión pública y será el cura de la Buena Muerte, llegado a Chile tras ser procesado en Lima por la Inquisición, quien asumirá la fecunda tarea de informar a la gente lo que estaba ocurriendo en el país y en el mundo. El 13 de febrero de 1812 nacía “La Aurora de Chile” desde las prensas de Mateo Arnoldo Hoevel.
¿Quién era ese sacerdote revolucionario que de inmediato destacaba entre sus pares por su ilustración?  Rastreando en su pasado familiar sabemos que su abuelo fue el militar español Pedro Henríquez, quien llega a Chile a principios del siglo dieciocho a la ciudad de Valdivia. Eran días de guerra contra los corsarios ingleses, y los fuertes de Corral necesitaban más soldados. Llegado muy joven casa con una señora de apellido Carrión, naciendo de este matrimonio varios hijos, entre ellos don Pedro, don Gregorio y don Félix Henríquez, quienes van a seguir la carrera de las armas en las fortalezas de Valdivia. El joven Félix Henríquez casa con la valdiviana Rosa González, hija del regidor don José María González.
De este matrimonio nacerá Camilo Henríquez González, padre del periodismo chileno. Y tiene dos hermanos más, don José Manuel y doña Melchora. José Manuel se integra al ejército patriota y muere defendiendo la plaza de Rancagua el 1 de octubre de 1814.
No es este el momento de relatar la vida del joven Camilo Henríquez, sus dificultades económicas para completar sus estudios, la providencial ayuda de su tío en Lima, fray Nicasio González, de la Orden de la Buena Muerte, quien lo manda a buscar. Allí quedará impresionado por el pensamiento de avanzada del rector de la orden, el padre Isidoro de Celis.
Como antecedente recordemos que la orden de la Buena Muerte debía su nombre a la misión de preparar a los moribundos  para su viaje al más allá. Fue en Lima donde Camilo entró en contacto con las cultas familias criollas, que leían con ávido entusiasmo los nuevos libros que llegaban desde Europa. Llevaba ya veinte años en Lima cuando es detenido por la Inquisición. Una denuncia contra el Conde de Vista Florida don José de Baquíjano por tener en su casa un biblioteca con libros prohibidos por el Santo Oficio y la autoridad española, termina con la prisión contra varios contertulios del conde, entre ellos nuestro buen Camilo. Más de medio año lo pasó en las cárceles inquisitoriales saliendo en enero de 1810, gracias a los buenos oficios de sus compañeros de orden. De ahí, es enviado a Quito junto al obispo ecuatoriano José Cuero y Caicedo, reconocido por sus ideas liberales y patriotas. 
Fray Melchor Martínez, quien escribiera sus memorias de Chile por orden de su Majestad, luego del triunfo realista en Rancagua, señala que nuestro Camilo Henríquez “había sido apóstol y secuaz de la doctrina de la independencia, y que después de haberla propagado y revolucionado en Quito, se hallaba activando la de Chile”.
Camilo deja Quito, regresa a Lima y pide su traslado al Alto Perú, llegando hasta el puerto peruano de Piura. Pero cae seriamente enfermo como consecuencia de las privaciones vividas en la cárcel. Y está ahí, en Piura, reponiéndose, cuando arriba un barco proveniente de Valparaíso, y trayendo la noticia que en Chile se ha instalado  la Primera Junta de Gobierno en septiembre. Sin pensarlo dos veces, se embarca en la misma nave y regresa a Chile.
El resto de esta historia la recordarán en estos días en que su cumple el bicentenario de la publicación de “La Aurora de Chile”, la obra maestra de Camilo Henríquez.

viernes, 30 de diciembre de 2011

¿Otro fin del mundo?


Hace 1012 años atrás, el mundo cristiano caía de rodillas gimiendo de terror. Se había anunciado el fin del mundo para esa noche del 31 de diciembre del año 999.
Interpretando las antiguas leyendas mayas, el mundo espera ansioso un nuevo fin del mundo el 21 de diciembre de 2012. Como no podemos asegurar nada de lo que pueda pasar este nuevo año, al menos sí podemos imaginar lo que pasó el día que terminaba el primer milenio a partir de los testimonios de aquella época.

El año 999 la cultura era un bien precario, y solo los monjes encerrados en sus conventos llevaban en sus escritos lo que había pasado antes y lo que estaba ocurriendo entonces. Sin embargo, como una ola de pánico, comenzó a correrse la voz: ¡el mundo viviría 1.000 años pero no 2.000! Ese año 999, el fanatismo apocalíptico recorre campos y ciudades, congelando el corazón de los humanos. Largas columnas de penitentes se dirigen hacia Jerusalén, mientras se azotan las espaldas. Caballeros de cotas de mallas, comerciantes, mujeres y niños, vagabundos y grandes señores, se van uniendo a la marcha hacia la Tierra Santa, mientras claman a los cielos por el perdón.

Se acerca diciembre y la histeria hace presa de miles y miles de arrepentidos. Los templos se van atestando de angustiados feligreses, que repletan las naves de las iglesias y llenan las embarradas calles aledañas. Es el fin del mundo, y nadie cobra, nadie reclama, la gente se abraza en las calles y piden llorando el perdón del otro. Es un dolor que traspasa las almas, mientras gimen hacia el cielo buscando una respuesta.

En la basílica de San Pedro, en Roma, corazón del cristianismo, el papa Silvestre II encabeza la celebración litúrgica. Era cerca de la medianoche del 31 de diciembre del año 999, el último del milenio, y los cuerpos suplicantes se aplastan contra el suelo rezando.

El momento es de una solemnidad aterradora. El papa camina frente al altar en medio  de un silencio sepulcral, envuelto en un coro de gemidos apagados, esperando, esperando. Faltan pocos minutos para las doce de la noche. En lo alto del coro, jóvenes y mayores esperan con las gargantas secas el fin del mundo.

Comienzan a sonar las campanadas, una a una, avisando el fin del año. Noveno toque,  décimo toque… las manos se entrecruzan, los brazos envuelven a los seres más queridos… undécimo toque… algunos feligreses mueren de miedo sobre las frías lozas del piso. Ya no queda tiempo, terror silencioso, apretones más fuertes, miradas que se alzan al cielo…y la gran campana da el último toque. Todos cierran instintivamente los ojos.
Pasan los segundos, el silencio es sepulcral, el papa alza los brazos al cielo y los penitentes comienzan a sonreír. El coro inicia su débil canto, enhebrándose las voces en un  Te Deum laudamus, a Ti Dios Te alabamos… Una voz se une al coro, y otras, mientras observan con temor los cuerpos de los que han muerto por el terror. Las campanas de las otras iglesias romanas comienzan a repicar, los humanos se alzan con los músculos endurecidos por el miedo, se abrazan, cantan con júbilo. ¡El apocalipsis ha terminado! ¡El mundo vivirá dos mil años!
La noche del 31 de diciembre del año 1999, el miedo al fin de la Era fue menor. Ahora, los profetas de la muerte nos señalan que el 21 de diciembre de 2012 se acaba el mundo.

Según la teoría del Big Bang, aún le quedan 4.500 millones de años de existencia a nuestro minúsculo sistema solar. No creo que alcancemos a ver ese último día, pero lo que si podemos asegurar es que el 22 de diciembre de este año que comienza nos saludaremos como todos los días, pagaremos nuestras cuentas como todos los días y les daremos un beso de amor a nuestros hijos y a los que más queremos.
Feliz año nuevo.

viernes, 25 de noviembre de 2011

A 151 años del Reino de la Araucanía.

Chile central se independizó de la corona española en 1818, terminando así la monarquía en nuestro país. Solo en 1826 se incorporaba la isla de Chiloé a la geografía política de la República. Sin embargo, aún existe un rey, en Francia, que reclama parte de nuestro territorio como herencia centenaria. Y esta es su historia.

A mediados del siglo diecinueve, nuestro país aún no había consolidado el total de su territorio. Y lo que había sido la gran zona de Arauco seguía sin ser integrada al país.
Orelie Antoine de Tounnens

Fue en 1858 cuando llegó un aventurero francés, con el propósito de crear una monarquía en nuestro país. Se llamaba Orélie Antoine de Tounnens y había nacido en el pueblo de La Chaise, en el distrito de Perigueux, Francia. Amante de la geografía, había leído cuanto libro sobre América llegaba a sus mano, como los viajes de La Pérouse, D’Umont d’Urville, Orbigny y otros. En su cerebro dio vida al más descabellado de los proyectos: crear una Monarquía Constitucional para América. Y el primer lugar elegido fue Chile.

Luego de desembarcar en Coquimbo, viajó a Valparaíso, a Santiago y de ahí a Valdivia. Uniéndose a dos comerciantes franceses,  Lachaise y Desfontaines, a quienes nombró como sus ministros, el ahora autoproclamado Rey de la Araucanía y la Patagonia, se internó en la Araucanía.
Su sueño incluía los grandes territorios desde el río Bío-Bío por el norte, el océano  Pacífico por el oeste, el océano Atlántico por el este y el estrecho de Magallanes por el sur.

El cacique Quilapan, aliado del Rey.
Ya en Arauco se le une el lonco Quilapán, quien de inmediato ve la posibilidad de enfrentar a los chilenos, y se alza como toqui de centenares de mapuches.

Finalmente, el 17 de noviembre de 1860, Orélie Antoine Premier, Rey de la Araucanía y la Patagonia, proclamaba  la Monarquía Constitucional para sus vastos territorios.

Investido de tan alto rango, viajó a Santiago a exigir el reconocimiento del nuevo reino a las autoridades chilenas. Podemos imaginar la cara de sorpresa del entonces presidente de la República, don Manuel Montt quien, por supuesto, rechazó tan descabellada solicitud.

Reino de la Araucanía y  la Patagonia
La aventura comenzaba a transformarse en tragedia. En 1861 asumía el nuevo presidente de Chile, José Joaquín Pérez, quien ordenaba la persecución y arresto de este personaje, por conmoción al orden público. El coronel Cornelio Saavedra salía en su busca.
Luego de seguirlo por selvas y llanos, un criado lo entregó a las tropas chilenas. El rey de la Araucanía fue detenido, conducido a Los Ángeles, procesado y encerrado en el manicomio.

Orelie Antoine Ier.
Pero la Historia no había terminado. El cónsul de Francia lograba su liberación enviándolo de regreso a Francia. Pero Orélie Antoine Premier estaba obsesionado. Intenta regresar con apoyo financiero en dos oportunidades, pero Chile estaba en pleno proceso de consolidación de su territorio, y el ansioso rey no pudo ingresar a su vasto reino.

El monarca sin territorios finalmente falleció el 17 de septiembre de 1878, sin dejar herederos. Pero fue entonces cuando esta historia inició un nuevo capítulo.

Un amigo de Orélie Antoine Premier, Gustav-Aquille Laviard, se proclamó sucesor y pidió, ni más ni menos, que el apoyo militar y financiero del gobierno norteamericano. Al ser rechazada su solicitud, se autodefinió como Rey en el Exilio, con sede en la ciudad de París. Siete monarcas han ostentado el título de Rey de la Araucanía y la Patagonia en su imaginario reino que hasta hoy existe en un barrio de París.

Tumbas de Orelie y Aquiles
La sucesión de los reyes de la Araucanía y la Patagonia aún reclama sus derechos.
Es más. El reino en el exilio emite monedas, estampillas y títulos de nobleza, tiene himno, bandera propia y escudo.

Por si a usted le interesa, el actual monarca de la Araucanía y la Patagonia es Philippe Paul Alexandre Henry Boiry, quien gobierna bajo el título de Príncipe Felipe.

Nuestro país  tiene historias desconocidas y apasionantes, como esta que hemos recordado sobre un rey de la Araucanía y la Patagonia.




jueves, 24 de noviembre de 2011

Una matanza en el desierto. Febrero de 1819.

Bernardo Monteagudo, en un retrato idealizado.

Al romper el silencio los últimos disparos en los llanos de Maipú, los derrotados entregaron sus espadas a los vencedores. Eran miles los prisioneros, siendo enviados de inmediato a las cárceles de Santiago, Valparaíso, Coquimbo y Casablanca, entre otros. Los oficiales de mayor rango fueron retenidos en la capital y pocos días después eran enviados a una aldea en medio del desierto argentino: San Luis de la Punta. No podían imaginar que les esperaba el gobernador Vicente Dupuy, “uno de esos seres que la Providencia parece echar de cuando en cuando sobre el mundo para perpetuar la memoria de Caín”, como lo define Vicuña Mackenna (1). Una personalidad con las condiciones necesarias para ser un verdugo implacable. En sus manos habían encontrado la muerte los hermanos Juan José y Luis Carrera, pocos días antes, en Mendoza.
En sus precisas instrucciones, San Martín ordenaba que los oficiales detenidos fueran tratados “con las consideraciones  que exija su buena conducta y educación”. 

Y llegaron los desterrados a esa verdadera isla en pleno desierto. Una plaza, un cuartel, una casucha de adobes como gobernación y casas de chozas pajizas. Sin armas, los destacados oficiales que habían combatido en Talcahuano, Cancha Rayada y Maipú, podían reunirse en las tardes, visitar a los vecinos e incluso reunirse con el gobernador a cenar. Entre ellos, Ordóñez, Primo de Rivera, Morla y  Morgado. En el lugar les esperaba el relegado último gobernador, Marcó del Pont y el mayor González de Bernedo. Y las penas dieron paso a una mayor tranquilidad. Pero meses después llegaba otro de los siniestros actores de las tragedias americanas: Bernardo Monteagudo, cómplice de Dupuy en el cadalso de Mendoza y que llegaba a San Luis expulsado de Chile por intrigante.

Retrato de Monteagudo considerado
original y hoy desaparecido.
La suerte de los confinados cambiaría de inmediato. “El tigre y la hiena se habían juntado en aquella jaula del desierto” (2) y de inmediato se prohíben las reuniones y las salidas  de las tardes a los prisioneros españoles. La razón, los celos que los jóvenes oficiales realistas generaban en su retorcida mente, especialmente en las señoritas Pringles, descritas como hermosas y finas. Poniéndose de acuerdo con Dupuy, el oscuro Monteagudo decidió vengarse. En un humillante decreto, se había prohibido la salida  nocturna de los prisioneros. La reacción fue instantánea. El capitán Gregorio Carretero asumió la dirección de la conjuración mediante un golpe sorpresivo. 

Su plan consistió en apoderarse de Dupuy y Monteagudo sin derramar sangre, liberar a los montoneros encerrados en la cárcel de San Luis, y con las pocas armas de la guardia, alejarse del pueblo-presidio. Para ello contaría con los más de cuarenta oficiales realistas detenidos.
Carretero comunicó su plan a Ordóñez, Primo de Rivera y otros comandantes, fijando la acción para el lunes 8 de febrero de 1819. En las primeras horas de la mañana se reunió el grupo en el jardín de la casa donde habitaba “para proceder a la matanza de los insectos y sabandijas que en ella había” (3). Divididos en cuatro grupos, uno asaltaría la cárcel;  otro apresaría a Monteagudo; otro se apoderaría del cuartel y el último quitaría el mando al gobernador Dupuy.

El último grupo fue el primer en lograr su objetivo, apresando a Dupuy. Pero los otros grupos fracasaron en su intento. Dada la alarma, de inmediato salieron a la calle los soldados de la guarnición, los montoneros liberados y el pueblo que no entendía qué estaba pasando. Los conjurados fueron cayendo una tras otro, cubiertos de mortales heridas.
Tan pronto se controló la situación, Monteagudo procedió a levantar el sumario, y en cuatro días lograba cerrar un voluminoso expediente con las confesiones de los derrotados. 

Grabado del coronel Vicente Dupuy
El 15 de febrero amanecían veinticinco bancas dispuestas en hilera en la plaza de San Luis. Y a las 11, las descargas de fusilería cegaban la vida de los oficiales. Una vez más, Monteagudo y Dupuy se unían en un acto de horror. Los soldados que habían combatido durante años en los campos de batalla en Chile morían en una sola mañana en manos de uno de los verdugos más crueles de nuestra independencia. Marcó del Pont, que no había tenido participación alguna en el motín, fue enviado a Luján donde moría poco después.

La noticia de la masacre recorrió la América en guerra. Poco tiempo después, Monteagudo partía en la expedición Libertadora del Perú como ministro de San Martín. En Quito se jactaba de haber reducido a quinientos los diez mil españoles de la ciudad. Al producirse el autoexilio de San Martín, Monteagudo  pierde a su protector y es expulsado del Perú, siendo desterrado a Panamá bajo pena de muerte en caso de regresar.

Y regresó, poniéndose a las órdenes de Bolívar. Pero la noche del 28 de enero de 1825, un cuchillo atravesó su corazón. Tenía 35 años.

(1, 2, 3) La Guerra a Muerte, Benjamín Vicuña Mackenna.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El último Comisario del Santo Oficio en Chile.

Revisando el monumental Diccionario Biográfico de la Colonia de José Toribio Medina (1006 páginas), encontramos a un personaje de destacada actuación religiosa a los finales de la dominación española.

Don José Antonio Errázuriz y Madariaga, que así se llamaba tan ilustre prelado, había nacido un 14 de septiembre de 1747 en el hogar de una familia de buenos recursos que integraban don Francisco Javier Errázuriz y doña Loreto Madariaga, y su hermano, don Francisco Javier Errázuriz y Madariaga. Y como correspondía a los hijos de las importantes familias de aquel entonces, ambos estudiaron en la Universidad de San Felipe. Nuestro personaje se graduó de doctor en leyes en 1768, y poco después de asumir como abogado ingresa al seminario para ordenarse de sacerdote.
El símbolo de la Inquisición

No vamos a relatar su apacible como destacada personalidad. Solo diremos que fue capellán de las Carmelitas Descalzas, Defensor de las Obras Pías y asesor del Cabildo de Santiago, entre otras actividades, viajando a Mendoza a la fundación del convento de las monjas de la Enseñanza, para más tarde ser párroco de San Lázaro y en 1786, asumir como Rector de la Universidad.

El Bienamado Fernando VII
Pero al generarse el movimiento independentista, al parecer los nuevos aires no asentaron bien a su eminencia, ya que en 1811 renuncia al puesto de Vicario Capitular, que sí retoma en 1814, después del desastre patriota en Rancagua. Y entre los papeles que hablan de su vida, aparece precisamente que fue el último Inquisidor en Chile.

Recordemos que, conquistada la victoria por los realistas en Rancagua, muy pronto entraría en funcionamiento el siniestro Tribunal del Santo Oficio, hecho desaparecer por nuestros primeros independentistas.
Don Judas Tadeo de los Reyes
Por decreto de 21 de julio de 1814, su católica majestad Fernando VII ordenaba el restablecimiento de la institución inquisitorial en todos los territorios españoles y sus colonias. Y correspondió al general Mariano Osorio,el héroe realista de Rancagua,  poner en práctica la real orden, encargando a don Judas Tadeo de los Reyes “poner al Tribunal en posesión de la renta de que había sido privado”
Y entre los dignatarios que asumieron la puesta en funciones del Santo Oficio, estuvo nuestro José Antonio Errázuriz y Madariaga. 

Consta que estaba vivo en 1816, según lo deja por escrito don José Toribio Medina. Pero después de esa fecha, desaparece nuestro personaje de las páginas de la Historia.

Sic Transit Gloria Mundi.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una hazaña desconocida.

 Todos recordamos el impresionante cruce de los Andes por el Ejército Libertador, comandado por el general San Martín, y la posterior victoria en Chacabuco, en los contrafuertes cordilleranos. Fue un triunfo absoluto, obligando al gobierno realista encabezado por Marcó del Pont a abandonar el poder.
San Martín saliendo del campamento de Mendoza.
La capital caía en manos de los patriotas y un año más tarde, en los llanos de Maipú se consolidaba la independencia.

La hazaña portentosa de cruzar la cordillera, dar batalla y alcanzar la victoria es uno de los hechos más impresionantes de la Historia Militar universal. Pero vamos a recordar otra acción, extraordinaria por sus características, ocurrida esa misma noche de Chacabuco.

San Martín en el cruce de la cordillera
Había que informar del triunfo de las armas patriotas al gobierno de Buenos Aires, y San Martín llamó esa misma tarde a su despacho a un joven oficial argentino, que se reponía del agotamiento de la jornada. El Sargento Mayor Manuel Escalada, del escuadrón de granaderos a caballo, se presentó ante su comandante, quien le pasó un documento recién firmado. Su misión era llevar la noticia hasta Buenos Aires.

Una travesía impresionante.

El joven Manuel Escalada había nacido en 1795, y contaba con 22 años.  Cuando San Martín organiza los granaderos a caballo, Manuel y su hermano Mariano se integran a la unidad. Están en los combates de San Lorenzo (1813) y Montevideo (1814) y otras acciones, hasta que se unen al Ejército Libertador (1816) en el campamento de Plumerillo.   Su hermana Remedios Escalada era la esposa de San Martín. En la batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817) forma parte del ataque de caballería que decide la victoria, siendo elegido por San Martín para llevar la noticia a Buenos Aires.
Batalla de Chacabuco, 12 de febrero de 1817


Portando una de las banderas realistas capturadas en la batalla, Manuel Escalada remonta esa noche la alta cordillera, cruzando las montañas hasta alcanzar Mendoza y sin dar descanso a su caballo sigue su camino a todo galope, llegando a la capital argentina luego de viajar un total de 14 días. Una hazaña de resistencia física que lo convierte en esos días en un verdadero héroe popular. Agotado y dejando la cabalgadura al cuidado de los guardias, entrega el parte de la batalla al director Pueyrredón. En él se leía: “En 24 días hemos cruzado las más altas cordilleras del globo y hemos batido al enemigo. San Martín”.

La hazaña de cruzar la cordillera y la pampa a revienta cinchas, lo convertía en una leyenda, y merecía un prolongado descanso, pero Escalada poco después volvía a Chile, integrándose a las unidades que tardíamente se dirigen al sur para terminar con la resistencia realista, participando en el sitio de Talcahuano a fines del año 1817 (Ver artículo sobre el sitio de Talcahuano en este mismo blog). 
Al enterarse del desembarco de una nueva expedición realista comandada por el general Osorio, el mando chileno ordena la retirada del fracasado sitio para dirigirse urgentemente hacia la capital amenazada. EL 19 de marzo de 1818 en la noche, el ejército en campaña es sorprendido en Cancha Rayada por los españoles, siendo derrotado, con la excepción de la columna dirigida por Las Heras, que logra mantenerse casi intacta y que será la base para la nueva y final batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818.

Se repite la hazaña.

San Martín llama en el mismo campo de batalla al teniente coronel Manuel Escalada y le ordena repetir su odisea. Y de inmediato el férreo espíritu del oficial lo impúlsa a tomar su cabalgadura y cruzar una vez más la cordillera con el parte de San Martín. Y si después de Chacabuco había tardado 14 días, ahora bajaba su increíble marca, llegando a la capital argentina ¡en tan solo 12 días!

De regreso a Chile, asume el mando de los Granaderos a Caballo y parte a las campañas que conocemos como la Guerra a Muerte. Un año más tarde presentaba su renuncia al ejército.

Luego de participar en distintas campañas pasaba finalmente a retiro, falleciendo a los 76 años, en 1871. Su nombre ha quedado entre las grandes hazañas realizadas por un solo hombre.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El frustrado sitio de Talcahuano (1817)

Benjamín Vicuña Mackenna es categórico al señalar en la introducción de su documentado libro La Guerra a Muerte: “Después de la batalla de Maipo, los chilenos cometieron el mismo error que habían padecido después de Chacabuco”… “Fruto de esta inconcebible negligencia, fue en 1817 la inesperada resistencia de Ordóñez en Talcahuano, que abrió la puerta al desastre de Cancha Rayada…”

Tal como lo manifiesta el escritor de nuestras glorias, tras la victoria de Chacabuco la indecisión de San Martín permitió el embarque de los realistas derrotados, mientras en Concepción se atrincheraba uno de los más decididos comandantes españoles, el coronel José Ordóñez. Solo la actividad desarrollada por Ramón Freire, con apenas cien hombres, pudo detener la huida de cientos de soldados realistas que descendían desde la capital hacia el sur. Pero debía enfrentar a sus propios hombres, entre los que se integraban conocidos montoneros, asaltantes y guerrilleros, como el propio y famoso Miguel Neira, recién ascendido a coronel y quien fue fusilado por sus compatriotas por asalto y violaciones.

San Martín solo atinó a enviar al coronel Juan Gregorio Las Heras con una escasa división, que salió de Santiago el 19 de febrero llegando hasta el río Maule solo el 23 de marzo. Un tiempo precioso que aprovechó el tozudo Ordóñez en fortificar Talcahuano. Era un punto estratégico que permitiría el desembarco de fuerzas de apoyo, por lo que continuó el foso iniciado por Atero en la bahía de San Vicente, prolongándolo hasta la isla de Rocuant. Cortaba así el paso a la península de Tumbes, levantando sólidas defensas y preparándose para un lógico sitio que deberían efectuar los patriotas. Doce días después del desastre de las armas realistas en Chacabuco, Ordóñez recibía la información, ordenando de inmediato el repliegue de todas las unidades dispersas en el sur, concentrándolas en Concepción y Talcahuano.

Freire avanzó persiguiendo a los realistas en retirada. Pueblo tras pueblo fueron cayendo en sus manos, desde Linares hasta Chillán. Solo el 2 de abril llegaba la división de Las Heras, reuniéndose ambas fuerzas en el río Diguillín. En la madrugada del día 5 eran atacados por una división española al mando del comandante Campillo. Fue una lucha desesperada, pero los patriotas lograban la victoria, avanzando hacia Concepción, alcanzando el cerro Gavilán al atardecer del mismo día, punto estratégico que dominaba los caminos que conducían hacia Talcahuano. Dueño de la situación, Las Heras tuvo el noble gesto de indultar a los vecinos que hubiesen apoyado al Rey.

Ordóñez, por su parte, mantenía confinados en la isla de la Quiriquina a doscientos patriotas. Necesitaba todas las tropas, por lo que sacó las guardias que cuidaban a los detenidos desplazándolos a Talcahuano. Por carta, avisó a Las Heras de la condición de los prisioneros. Éstos no esperaron más, y en medio de la más absoluta desesperación, armaron con palos y tablas un simulacro de balsas y se arrojaron al mar. Muchos perecieron y otros alcanzaron hasta la desembocadura del Itata o a las playas de Tomé, que fueron rescatados por las tropas enviadas por los patriotas. Entre los que se salvaron estaba un joven de 17 años, el futuro general y Presidente, Manuel Bulnes.

El comandante José Ordóñez
San Martín había viajado a Buenos Aires, por lo que Las Heras envía una nota a O’Higgins pidiéndole refuerzos, ordenándose el avance de una divisón al mando del propio general chileno. Las Heras estaba consciente que el sitio de Talcahuano sería una tarea titánica, especialmente si llegaban los refuerzos que esperaba Ordóñez. Y para mayor fortuna del comandante español, recalaban en el puerto las fragatas Venganza y Sebastiana, las que de inmediato se convirtieron en punto de apoyo artillado y vía de comunicaciones y abastecimiento  para los realistas.

Un nuevo hecho fortalecería las posiciones de Ordóñez. Las naves que habían rescatado de Valparaíso a los restos militares derrotados en  Chacabuco, llegaban al Callao. El virrey Pezuela los acuarteló, entregándoles vestuario y armamento y al mando del coronel Morgado los despachó de inmediato hacia Talcahuano, alcanzando la bahía defendida el 1° de mayo.

Ordóñez calculó que en esos momentos tenía más soldados que Las Heras, unos 1.600 contra 1.200, y que en cualquier momento podía llegar la división que comandaba O’Higgins. Tenía que actuar antes que las fuerzas se reunieran. Al caer las sombras el día 5 de mayo,  las tropas del Director Supremo entraban a Concepción, despachándose sin dar descanso a dos compañías de fusileros en dirección al campamento de Las Heras.
Pero a las 3 de la madrugada del mismo día, tres cañonazos anunciaban el ataque realista contra las defensas del cerro Gavilán. Ordóñez realizaba un estratégico asalto, dividiendo sus fuerzas en columnas que atacaban desde distintos puntos a las defensas patriotas. El combate fue intenso en cada flanco con ataques de todas armas que chocaron a los pies de los cerrillos del Gavilán, del cerro de Chepe y otros puntos. A las diez de la mañana concluía el combate, en momentos en que llegaban al trote las dos compañías de fusileros enviadas por O’Higgins.

Ordóñez se retiraba del campo de batalla con grandes pérdidas en vidas y armamento. Esa misma tarde, la división de O’Higgins se reunía a Las Heras en el campamento victorioso. Pero el aspecto de las tropas era lamentable: desnudos, sin armas ni caballos, hambrientos y sin auxilios médicos para los heridos. De inmediato ordenó el envío desde Santiago de armas, caballos y uniformes. Pero frente a sus ojos se alzaba la ya poderosa línea de defensas de Talcahuano. Un kilómetro y medio de fosos, construcciones y baterías amenazaban al agotado ejército del sur. Una escuadra ahora integrada por cinco naves de guerra, lanchas cañoneras y embarcaciones que protegían la península.

El primer combate en Talcahuano.
Un primer intento lo organiza O’Higgins, despachando ochos lanchas transportadas sobre ruedas, las que con un centenar de soldados, deberían salir por el río Andalién y asaltar mediante abordaje la nave Sebastiana, y con ella rendir a las otras naves, pero el regreso de las naves de guerras Venganza y Justiniano, que habían ido hacia Valparaíso y el barro que se había formado por las intensas lluvias, hicieron fracasar este primer plan de ataque. Un temporal de viento y lluvia impidió un segundo plan, resolviendo acuartelar a sus tropas en Concepción. De haber realizado el frustrado ataque, sus bajas habrían sido gigantescas.

Mientras las tropas chilenas se recuperaban en la capital del sur, las montoneras comenzaban su trágica historia, encabezadas por José María Zapata y José Antonio Pincheira, armadas por un resuelto Ordóñez que dominaba las vías marítimas. Con ello, distraía y agotaba las tropas de O’Higgins. Ordóñez se constituía en el mejor estratega español de su tiempo en nuestras campañas militares. Sus fuerzas sumaban ya sobre los dos mil soldados, que servirían de base a la siguiente campaña que iniciaría más tarde el general Osorio.

El general Michel Brayer
O’Higgins comprendió lo grave de la situación, y dejando fuerzas en Concepción frente a un eventual ataque de Ordóñez, ordenó la salida de diferentes columnas para batir las guerrillas realistas, en medio de las lluvias y la violencia desatada contra la población por ambos bandos. Pero a Ordóñez le llegaban nuevos refuerzos y debía actuar de una forma decidida para terminar la sangría que asfixiaba los recursos de Concepción y Santiago.

Desde la capital llegaban los oficiales napoleónicos enviado por San Martín: el teniente general Miguel Brayer, el ingeniero militar Alberto Bacler  d’Albe, y el capitán Jorge Beauchef. De inmediato se levantaron planos precisos de las fortificaciones, demostrándose lo inútil de cualquier aventura, pero la decisión de O’Higgins era tomarse Talcahuano y tan pronto llegaron los refuerzos desde Santiago, el 24 de noviembre pasó revista en los arrabales de Concepción a los 3.300 efectivos que formaban su ejército.

El 25 de noviembre se desplegaba frente a las fortificaciones realistas, ocupando como centro de mando el cerro de los Perales. Dos planes se enfrentaron en la junta de jefes militares. El de O’Higgins planteaba atacar la bahía de San Vicente, mientras en una acción distractiva se amagaba todo el frente. El plan de Brayer, resistido por el resto de los oficiales por ser extranjero, consistía en un ataque a la izquierda realista, fuerte en el cerro del Morro y llave para tomar Talcahuano, para luego converger a las otras posiciones encerrando a Ordóñez. Era un asalto de tremenda audacia o se convertiría en un dramático fracaso.                                                         


La junta de oficiales aprobó el plan de Brayer y se preparó al eje´r4cito para la acción.

El asalto del día 6 de diciembre.
A las tres de la madrugada se iniciaba el avance del ejército, dividido en dos brigadas, la primera al mando de Las Heras en dirección a las defensas del Morro. El mayor Beauchef encabezaba la columna, la que debía atravesar los fosos, romper las empalizadas, asaltar el morro, y luego converger hacia el centro de las defensas, para bajar el puente levadizo y permitir el ingreso de  la caballería al mando de Freire. A su vez, los artilleros de Borgoño debían pasar el puente y alcanzar las baterías realistas para redirigir sus tiros hacia las defensas españolas y las naves de guerra. Bacler d’Albe y sus improvisados zapadores debía ensanchar el acceso tan pronto Beauchef lograra su objetivo.

Beachef al mando de cuatro compañías de cazadores inició el silencioso ataque, pero al alcanzar el foso fueron descubiertos y los 200 fusiles de Lantaño dispararon su mortal carga contra los atacantes. Beauchef se lanzó al foso de agua y seguido de algunos oficiales y cazadores trepó las defensas en medio del caos generado por los disparos desde las alturas del Morro. Con las manos botaron los palos enterrados en suelo arenoso y lograron penetrar al interior del reducto, seguidos de una desorganizada tropa.  Los sorprendidos realistas abandonaron sus posiciones bajando hacia las otras defensas, disparando a quemarropa a los asaltantes. El capitán del cazadores n° 11 Benjamín Videla, que avanzaba junto a Beauchef, cayó muerto en el foso, mientras Beauchef recibía una grave herida en el brazo derecho. Beauchef continuó ordenando el ataque. En esos momentos la brigada encabezada por Las Heras entraba en la fortaleza del Morro desbandando a los defensores. Beauchef caía finalmente en un charco, siendo rescatado por un sargento de su batallón.

El  plan elaborado por Brayer se convertía en un éxito, pero venía el segundo movimiento, pasar de las defensas del Morro hacia el punto donde se encontraba el puente levadizo y permitir el ingreso del ejército patriota. Pero se enfrentaron a una segunda línea de defensas y un foso que separaba la plaza conquistada del cerro Cabrera. Mientras, los fugitivos lograban reorganizarse. Al amanecer, Ordóñez lograba controlar la situación, defendiendo con las tropas que alcanzó a reunir el paso al puente. Sin un jefe decidido como Beauchef ,que electrizaba con su ejemplo a los asaltantes, el ataque se contuvo.

En el otro extremo de la línea de combate, los comandantes realistas José Alejandro y Juan José Campillo rechazaban el ataque la brigada comandada por Pedro Conde, mientras la caballería y los artilleros de Borgoño esperaban inútilmente que se bajara el puente levadizo, punto del mayor enfrentamiento en esos momentos. Ordóñez ordena en esos momentos que las baterías de los cerros y de las naves de guerra bombardearan la concentración patriota que ocupaba las defensas del Morro. El general O’Higgins se dirigió hacia la columna de Conde para animarla al ataque, pero tuvo que alejarse ante la intensidad del fuego de fusilería. Finalmente, a las 5 de la mañana ordenaba a Las Heras y Conde abandonar el asalto. La columna de Las Heras logró retroceder en orden por compañías, protegida por la artillería de Borgoño que había regresado a su posición original.

Cuatro horas más tarde, Ordóñez recuperaba el total de sus posiciones, mientras en el foso quedaban los cadáveres de casi doscientos soldados patriotas.
Las noticias recibidas el 8 de diciembre en Santiago anunciaban el arribo de una nueva expedición realista al mando de Osorio.

O’Higgins ordenaba abandonar el sitio de Talcahuano y regresar a Santiago.


martes, 25 de octubre de 2011

La desventurada existencia del almirante Pedro Sarmiento de Gamboa.


Su nombre está indeleblemente unido a la tragedia de Puerto del Hambre, en nuestras costas magallánicas. Pero su misma existencia es la de un personaje tocado por extraños designios. Dicen que nació en Galicia allá por los años 1530-1532, y que de joven se enroló en las filas del ejército imperial. Y que en 1555 viajó a México, permaneciendo por dos años y siendo enjuiciado por la Inquisición por vez primera. Logra salir y llega a Perú, donde residirá por dos décadas, Pero, una vez más, la Inquisición le echa el guante.

¿En qué malos pasos andaba nuestro personaje? Todos lo reconocían a esas alturas sus amplios conocimientos militares y navales, que sabía de cosmografía y y geografía como pocos, que estudiaba las artes de la guerra y que era un gran lector. Pero a nadie escapaba la fama de astrólogo que le acompañaba, y cayó en manos de la Inquisición limeña acusado de hechicería, no una sino dos veces. Al momento de ser condenado, lo salva el arzobispo que conmuta la pena a cambio de un viaje hacia unas islas repletas de oro en pleno Pacífico. 

Y parte en la expedición como comandante de una de las naves. El derrotero fijado por Sarmiento les habría llevado hasta Australia, pero el jefe de la expedición, un mozalbete de 22 años, cambió el curso de las naves. Y descubrieron las islas Salomón y Vanuatu. El fracaso del viaje le significó ser citado ante el virrey don Francisco de Toledo, donde su extraordinario conocimiento científico anuló los cargos que había en su contra.
Manuscrito de Sarmiento de Gamboa
El virrey Toledo tenía una extraña teoría que quiso comprobar. Y acompañado de Sarmiento de Gamboa, nombrado Geógrafo General del Virreinato, recorrió el país, con la intención de demostrar que los incas eran unos extranjeros que habían dominado cruelmente a los habitantes de Perú. Y si bien nada se logró probar en ese viaje, Sarmiento escribió su gran Historia Índica, donde en tres volúmenes hace una descripción geográfica del territorio, la historia de los incas y la conquista española hasta ese mismo año de 1572.

Solo cinco años más tarde, el corsario Francis Drake atacaba las costas de Chile y Perú. Y el virrey mandó a Sarmiento de Gamboa con dos naves a perseguirlo. Nunca lo encontró. Pero el virrey tenía  nuevos planes y manda a Gamboa con dos naves hacia el Estrecho de Magallanes, con órdenes de hacer los levantamientos geográficos de la zona y ver los puntos estratégicos para fundar defensas militares contra los piratas ingleses. Como ocurría en esa época, los temporales separaron las naves, siendo Sarmiento de Gamboa empujado hacia el Atlántico. En España hablaría con el rey para presentar su proyecto de fortificación y poblamiento.

Entusiasmado con las palabras de Sarmiento, Felipe II aprueba el proyecto y organiza una fuerte expedición con 23 naves y 2.500 tripulantes, entre ellos, el nuevo gobernador de Chile, don Alonso de Sotomayor. Pero una vez más los temporales, las deserciones y las muertes reducen la expedición. Al llegar a Buenos Aires, Sotomayor prefiere viajar a Chile por tierra. Pero nada desanima a nuestro Pedro Sarmiento. Le quedan solo cinco naves. La expedición había durado ya tres años, cuando finalmente alcanza la entrada al Estrecho de Magallanes. Y funda la ciudad más austral del mundo de su tiempo, la Ciudad del Nombre de Jesús. El mal tiempo obligó a cuatro naves a regresar a España, y él con la nave Santa María de Castro, fundaba finalmente Rey Don Felipe.
Mapa del Estrecho dibujado por Gamboa. 

Había que conseguir víveres para los colonos, y se encamina a Bahía, en Brasil, donde el gobernador le entrega su apoyo en víveres y materiales, pero su nave se hunde, se salva nadando y consigue regresar a Bahía. Consigue una nave más pequeña y se dirige otra vez al extremo austral. Era el año 1575. Pero nuevamente los temporales lo obligan a botar la carga. Regresa a Bahía, pero deserta el total de sus tripulantes. Toma una nave mercante y se dirige a España a solicitar recursos, y su mala estrella encuentra en el camino a tres naves inglesas al mando de Walter Raleigh. Es detenido y mandado a Inglaterra, donde la reina Isabel, seguramente admirada por las historias de Sarmiento, lo envía a España. Desembarcado en Francia, es encarcelado ahora por los hugonotes (1586) que piden un alto rescate, donde permanece encerrado en pésimas condiciones por tres años más. El rey Felipe se niega hasta que finalmente acepta salvar a su fiel vasallo (1589).
Después de diez años de viajes, volvía a su patria. No se olvidaba de sus colonos abandonados en el Estrecho e insiste ante su rey, pero a éste ya no le interesaba el tema, y para compensar tanta abnegación, nombra a Sarmiento de Gamboa Almirante de la Flota de Indias (1591). Pero el marino estaba agotado, inválido después de tantos años de prisión y desventuras, llevando además el tremendo dolor de saber que sus colonias no habían recibido apoyo en muchos años. Sin poder regresar, el 17 de julio de 1592 fallecía al mando de la flota cerca de Portugal.

El corsario Cavendish llega hasta las abandonadas colonias, encontrando solo muerte y desolación, rescatando solo a un sobreviviente. Antes tanta desgracia, Cavendish rebautiza el lugar como Puerto del Hambre.


viernes, 21 de octubre de 2011

La histórica Hacienda de la Compañía

Baltazar de Piñas
Uno de los episodios más importantes de los tiempos de la conquista fue la llegada de los jesuitas a Chile. Ignacio de Loyola había fundado la Compañía de Jesús en 1539, y en 1593 llegaban los primeros misioneros de la orden a Chile. En su primera prédica, el jefe del grupo, padre Baltazar de Piñas, declaró que ellos venían a ahuyentar al demonio, y que no tendrían un lugar fijo donde establecerse.   
La devota audiencia, conmovida, juntó en pocos días la suma de 3.190 pesos para que los jesuitas compraran un buen solar donde establecerse. Comenzaba así a gestarse la enorme riqueza que caracterizaría a la Compañía de Jesús en Chile.
Fueron dos prestigiosos capitanes de la Conquista, don Andrés de Torquemada  y don Agustín Briceño los que donaron a la Compañía sus viñas, haciendas y estancias ubicadas al sur de Santiago. Torquemada donó su gran hacienda, que pasó a llamarse desde entonces La Compañía.
Así, a los pocos años de haber llegado la Compañía de Jesús a Chile, ya era dueña de importantes propiedades, campos y solares. En Calera de Tango, la Compañía tenía un centro de artesanía en plata, que dará vida a maravillosos altares y orfebrerías religiosas. Y, aquí, pastarán miles de piezas de ganado.

Pero, llegó el  momento en que el rey de España decretó, por la Pragmática Sanción de 1767, la expulsión de la Compañía  de Jesús de todos los territorios del imperio hispano. Y sus propiedades fueron rematadas.
Mateo de Toro y Zambrano
Había llegado la hora para un destacado personaje de nuestra Historia. Ni más ni menos que don Mateo de Toro y Zambrano, Conde de la Conquista, y encumbrada personalidad  del Chile colonial.
Tras la expulsión de los jesuitas, sus propiedades quedaron en manos de una Junta de Temporalidades,  la que arrendó las propiedades y luego ordenó su venta. Y don Mateo era integrante de dicha Junta.

La hacienda, tasada en 72.850 pesos de la época, había sido arrendada por don Miguel Rian, quien ofreció comprarla. Don Mateo, a pesar de ser parte de la Junta de Temporalidades, ofreció ochenta mil pesos. El señor  Rian ofertó 90.000 pesos, pagaderos en 10 años. Pero don Mateo ofreció los mismo 90.000 pesos, pero pagaderos en solo 9 años. Y se quedó con la hacienda de la Compañía.
José Miguel Carrera
Era un terreno gigantesco, de 8.775 cuadras y media, y se incluía en ella 38 esclavos, más de 7 mil cabezas de vacuno, 525 caballos y 1.239 yeguas, casi 5 mil ovejas, 420 mulas y 104 burros; a lo que debemos agregar las casas, bodegas y la hermosa capilla con un altar barroco de fina plata, con tallas de oro y una hermosa efigie de San Ignacio de Loyola.

En 1810 se forma la Primera Junta Nacional de Gobierno y don Mateo pasa a ser presidente de Chile. Cuatro años después, en plenas guerras de la independencia, la Tercera división, al mando de José Miguel Carrera, establece su cuartel en esta hacienda, mientras O’Higgins y Juan José Carrera se encierran en Rancagua. Y desde aquí salió la Tercera División en apoyo a los patriotas de Rancagua.Dicen que la tercera división avanzó hasta la Alameda de Rancagua, donde fue enfrentada por las tropas realistas, trabándose en feroz combate.
O’Higgins observa la acción desde la torre de la iglesia de la Merced. Y se echan al vuelo las campanas de las iglesias, mientras cesa el ruido de la batalla. La división de Luis espera la salida de O’Higgins. O’Higgins espera el ingreso de la tercera división.
Como en una comedia de equivocaciones, ambos esperan. Finalmente, al no haber combate y con las campanas sonando, Luis Carrera imagina que los españoles han vencido, y ordena la retirada.  
                                                                                                    
O’Higgins, desde su observatorio, ve a la tercera división retirarse. Ya sin posibilidades de resistir por más tiempo, O’Higgins ordena la salida de sus tropas desde el sitio de Rancagua.
        
La derrota era completa. La Tercera división de Luis Carrera regresaba a la Compañía y José Miguel ordenaba la retirada hacia Santiago. Ya no había nada más que hacer. Terminaba la Patria Vieja y comenzaba la reconquista. 
Y fue por el callejón largo que pasa junto a la Hacienda de la Compañía por donde avanzó el agotado ejército realista a la conquista final de Santiago.