Ayer, domingo 26 de mayo de 2013, entregué el último capítulo de un nuevo libro que espero sea del gusto de ustedes. Es una nueva Historia del Cuerpo de Bomberos de Santiago, al cumplir sus 150 de existencia. El trabajo fue encargado por las autoridades del Cuerpo con motivo de tan extraordinaria celebración, y busca entregar una visión lo más completa como ágil de lo que ha sido la Historia de la institución, con una mirada moderna, mucho material gráfico y un diseño de gran nivel. Podrán imaginar el tremendo orgullo que significa para mí escribir este libro. No ha sido fácil pero debo agradecer la participación de un gran equipo desde editores, investigadores, productores, correctores de texto y diseñadores que han hecho posible sacar adelante este sueño.
Nuestra literatura bomberil es escasa pero de gran nivel. A los trabajos de don Ismael Valdés Vergara y Jorge Recabarren, se han ido sumando los aportes de Agustín Gutiérrez, Mauricio Bernabó, Lino Echenique y muchos otros investigadores que han ido complementando la rica visión de nuestra historia. Y siempre se va a requerir más investigación, y más documentos que saquen a la luz lo que han sido estos ciento cincuenta años.
A lo mejor el resultado no va a dejar satisfecho a todo el mundo. Chile es y ha sido un país de historiadores y un nuevo texto va a ser objeto de minucioso análisis, pero ese es el riego. Y hay que asumirlo. Pero ya ha entrado en etapa de revisión y diagramación, con la certeza que va a estar impreso cuando estemos conmemorando el sesquicentenario.
Ya lo tendremos informado. Mientras, gracias a todos aquellos que han prestado su apoyo para sacar adelante este trabajo.
lunes, 27 de mayo de 2013
miércoles, 15 de mayo de 2013
Ahora necesito tu ayuda
Necesitamos tu aporte para seguir ayudando. Te lo pido como voluntario de la 14a. compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Tu aporte mensual, ya sea de tres mil pesos, cinco mil o más, va a ayudarnos a entregar un servicio cada vez de mayor calidad, que solo va en beneficio de nuestros compatriotas que se encuentran en una situación de emergencia.
No he agregado un artículo histórico como siempre, pero este es un llamado que hago a mis amigos de verdad.
El enlace para entregar tu aporte es
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No sabes cuánto te lo vamos a agradecer. Un abrazo.
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miércoles, 27 de febrero de 2013
Buscando a míster Smith
Un domingo de febrero al atardecer
conversaba con mi amigo Guillermo Villouta, distinguido voluntario de la 5a.
compañía y apasionado de la Historia, y surgió entre otros el nombre de Juan
Tomás Smith, quien fuera el primer tesorero general del Cuerpo de Bomberos de Santiago.
Y su pregunta, entendible por lo demás, fue: "¿tú conoces el segundo
apellido del señor Smith?" a lo que respondí "no tengo
idea" "¿Cómo lo podemos
averiguar?" y empezó la odisea de internet, árboles genealógicos, apareció
de pronto una familia Smith del Campo, y rastreando por las ramas del histórico
árbol llegamos a una señora llamada Buenaventura del Campo, madre de los tres
Smith del Campo, hasta que averiguamos que había casado con un señor Smith
Lawerenson, fallecido en 1882. ¡Por fin
aparecía el segundo apellido ¡Lawerenson! ya que míster Smith, nuestro míster Smith, también había fallecido
en 1882.
Teníamos el segundo apellido.
Ahora, había que verificar dónde estaba su tumba.
El miércoles siguiente, Guillermo Villouta me pasaba a buscar
a mi casa
a las 10:30 y partíamos al cementerio en su auto (verde, como corresponde a un
quintino que se precie de tal). La reunión debía terminar a más tardar a las 4,
porque yo tenía otra reunión a las 4 de la tarde.
Averiguando llegamos hasta una oficina de informaciones
donde nos atendió un amable señor Parra-Aguirre, y nos dedicamos a buscar los
libros del año 1882, hasta que apareció el bueno de míster Smith, con su
segundo apellido Lawerenson, y donde figuraba sepultado en el patio de
disidentes tumba 247, que tenía 74 años y que había sido enterrado con 1a.
categoría, es decir, con carroza negra y percherones negros con gualdrapas
negras. El patio de disidentes correspondía a lo que se conoce como el patio
histórico, siendo los disidentes aquellos que no profesaban la religión
católica.
Y partimos a buscar el patio aquel, que se nos indicó
quedaba frente a la capilla. Al pasar por el lugar santo, Guillermo me señaló
que la campana de la capilla había sido del Templo de la Compañía, a la que
saqué foto, porque llevé mi cámara para registrar la peregrinación
Comenzamos a buscar la tumba en el sector llamado
"histórico", pero la maleza, los árboles crecidos sobre las tumbas, las lápidas destrozadas por los
terremotos y los años, hacía muy complicada la búsqueda. Además, las
numeraciones (donde quedaba alguna) parecían no tener lógica. Llevábamos unos
quince minutos cuando me puse a razonar, buscando esa lógica extraviada. Miré
el número aún visible de una tumba, y era la 321. Y fui revisando una a una,
siendo la primera la de Gumecindo Claro y Cruz, hermano del fundador del Cuerpo
José Luis Claro. Avancé unos pasos hacia el norte en busca de otras tumbas con
número y luego de raspar con el pie una lápida gris cubierta de musgo seco,
apareció el 341. Teníamos la primera pista. Bajé hacia el oriente a la
siguiente hilera de tumbas, y avancé hasta el inicio. Eran las marcadas con los
números 200. Paso a paso, raspando algunas, revisando otras más visibles,
llegué a una reja rectangular, llena de malezas y sin lápida. Sentí que esa
era, pero tenía que seguir. Miré la del lado, también con reja, y que mostraba
un raquítico pero frondoso árbol y malezas en altura. No había posibilidad de
leer su escondida lápida vertical, por lo que metí la cabeza entre las ramas y
me acerqué lo más que pude a la sombreada lápida. "Smith", Y abajo,
casi invisible, el número 247.
"¡Guillermo. La encontré!"
Me sentí cual Schliemann en la tumba de Agamenón.
| Guillermo Villouta junto a la tumba de J. T. Smith |
Nos despedimos de míster Smith, sintiendo la emoción de
haber cumplido la silenciosa como anónima misión. Seguramente míster Smith
sonrió por un instante.
sábado, 8 de diciembre de 2012
El Incendio del Templo de la Compañía.
Las alegrías y las tragedia de un pueblo se van cubriendo de
olvido, y la única forma de mantenerlas vivas es recordándolas cada cierto
tiempo. En medio de la locura ciudadana, que significa movilizarse por una
ciudad cada vez más grande y congestionada, donde el ruido es tan habitual que
ni siquiera nos damos cuenta, de pronto surge la necesidad de detenernos un
instante, mirar los viejos muros de catedrales y palacios, redescubrir el
sonido del agua cristalina de alguna fuente, y evocar las imágenes de un pasado
que se resiste a desaparecer en el olvido.
Y para eso están estos encuentros con nuestra historia.
Y un tema que nunca debemos dejar
de recordar ocurrió hace casi ciento cincuenta años en esta ciudad de Santiago.
La tensión política y religiosa había ido en aumento a medida que surgían
nuevos pensamientos, provenientes de las nuevas tendencias europeas. Los antiguos liberales pasaban a ser
conocidos como liberales radicalizados, o simplemente radicales. Y una sociedad
aún colonial como la nuestra, donde la presencia de la iglesia era fuerte y
dominante, necesariamente tenía que entrar en conflicto con las nuevas ideas
revolucionarias de entonces.
Para qué hablar de esos ateos que
habían traído sus locuras desde Francia, como Santiago Arcos y Francisco
Bilbao. Imagínese usted, que ellos planteaban el predominio de la razón por
sobre la fe, y las ya gastadas ideas de la revolución francesa, como esa
fraternidad universal, esa igualdad como si todos fuéramos iguales… Y esas discusiones
que llenaban las páginas de la prensa y los discursos desde los púlpitos y de
las cámaras de diputados y senadores.
Ese era el ambiente en el país el
año de 1863, cuando el país y el mundo entero se preparaban para celebrar el
mes de María, dogma de reciente creación por la Iglesia de Roma.
El presbítero Ugarte, a cargo del
viejo y mal mantenido templo de la Iglesia de la Compañía de Jesús enviaba,
como lo venía haciendo desde hacía cinco años, las invitaciones para el cierre
de las celebraciones.
Lo más extraño era el
encabezamiento de la nota, donde se invitaba a la última celebración del mes de María. Última celebración del Mes
de María, como si el mensaje hubiese sido escrito como una gran despedida, o
como una feroz advertencia.
Y ese martes 8 de diciembre
comenzaron a salir desde sus casas las familias completas para asistir e la
gran misa de cierre en el Templo de la Compañía de Jesús.
Ese año 1863 había quedado
marcado por la visita de una escuadra española a Valparaíso. Ni más ni menos
que una gigantesca expedición científica había recorrido Brasil, Uruguay y
Argentina, arribando al puerto de Valparaíso donde eran recibidos como los
chilenos saben hacerlo con sus visitas importantes. Incluso, una impresionante
recepción en el Teatro de la Victoria del puerto había congregado a toda la
sociedad de aquella época.
Los gallardos oficiales españoles
de los navíos de guerra habían establecido exquisitas relaciones con las bellas
muchachas porteñas, y más de algún idilio imposible nacía con el lento mecer de
las olas.
El comandante de la expedición,
que más que científica parecía militar y de guerra, se llamaba don Luis Pinzón
y descendía de aquellos navegantes que acompañaron al almirante Cristóbal Colón
en el famoso descubrimiento de América, cerca de 350 años antes. Y como se
sabía descendiente de famosos, miró con cierto desprecio a la concurrencia que
se esforzaba, como siempre lo ha hecho, en ser lo más agradable y simpática con
sus visitas. Y en su brindis dejó claramente establecida esta diferencia entre
europeos y latinoamericanos.
Fue el ministro de Guerra, Manuel
García, héroe de la guerra contra la Confederación perubolivina de 1839, quien
le señaló al presidente José Joaquín Pérez lo extraño de esta expedición
científica. Miren que venir científicos a
bordo de naves de guerra, las más poderosas del mundo, sólo para estudiar la
flora y fauna. Aquí había gato encerrado, insinuó el ministro. Y el tiempo
le daría la razón.
Tal como lo decíamos antes, ese
día martes 8 de diciembre de 1863 el Templo de la Compañía de Jesús se fue
llenando lentamente de una masa de mujeres piadosas. Pero el templo ya no era
como antes. El viejo edificio cargaba una historia de terremotos e incendios
que habían desfigurado su rostro barroco. Y la última tragedia había ocurrido
hacia poco tiempo, en 1841, cuando unos alumnos del Instituto Nacional habían
amarrado una lechuza y luego de echarle parafina, le habían prendido fuego. El
pobre pájaro, aterrado, salió del patio
del Instituto para meterse en la torre de la iglesia que estaba al lado, y que
era la torre de la Iglesia de la Compañía. Como resultado, el templo ardió
completamente. Peor aún, la compañía de
incendios que acudió al siniestro no pudo
hacer nada por el mal estado de las mangueras.
Ese 8 de diciembre der 1863 el
edificio mostraba los últimos arreglos después del incendio. Solo que las puertas
de salida habían quedado más estrechas,
y los amplios pasillos y naves habían sido arreglados para sostener al
edificio, quitando cierta visual a las ceremonias.
Pero a medida que las personas
iban entrando al edificio, sus rostros se iluminaban de emoción. El templo
había sido decorado maravillosamente. Desde lo alto de la cúpula descendían
guirnaldas de papel y cera primorosamente confeccionadas, uniendo las alturas
con el altar y las columnas.
Los altares de los costados, que
eran siete, estaban profusamente decorados con coronas de papel encerado, y cientos de lámpara de parafina
iluminaban el interior del magnífico templo.
Hasta hacía pocos días, los
obreros en sus altos andamios habían estado terminando de pintar la claraboya
del edificio y las decoraciones tan
destruidas por tanto terremoto y el último incendio.
Cuando eran ya las siete de la
tarde de ese caluroso verano, la gente llenaba completamente las naves del
templo.
Siete de la tarde del 8 de
diciembre de 1863. Más de 2 mil personas se van ubicando en el interior del
gran templo. Los monaguillos han
encendido las lámparas y el calor comienza a aumentar mientras las damas, hijas
y sirvientas se van sentando en los choapinos que han traído desde sus casas. Por
ahí se saludan las hermanas Clara y Dolores Gómez con las vecinas de la calle
Dieciocho. Rafaela Garrido tiene 12 años, y pertenece a la congregación de las
Hijas de María, un grupo de jovencitas que cuidan la tradición mariana. Mucho
se habla de esa institución. Los pensadores más ateos acusan a las autoridades
de estar influyendo en las pobre niñas, mientras las autoridades eclesiásticas
defienden a ultranza el espíritu mariano.
Incluso existe un buzón de metal
donde las niñas van colocando cartas dirigidas a la Virgen María.
8 de diciembre de 1863. ¿Qué
pasaba en esos días en el mundo?
En Estados Unidos se encuentra en
pleno desarrollo la Guerra Civil con
violentos enfrentamientos entre los ejércitos del norte y del sur. Ese año se ha declarado en el sur el Acta de
Emancipación que libera a los esclavos negros.
Ese mismo año, Francia invade
México, que va a enfrentar con las armas la agresión. Los franceses bombardean
Acapulco, y ponen sitio a la ciudad de Puebla. Finalmente, se apoderan de
ciudad de México. Asume como emperador el príncipe austriaco Maximiliano.
Mientras, en Londres, se
inauguraba el primer ferrocarril metropolitano, del que derivarán los famosos “metros” del mundo.
En Suiza, Henri Dunant funda la
Cruz Roja, para ir en socorro de los soldados heridos en las guerras.
En septiembre, el gobierno de
José Joaquín Pérez invita al Cuerpo de Bomberos de Valparaíso a participar de
la gran parada militar de las Fiestas Patrias. Luego del desfile, las compañías
porteñas realizan varios ejercicios de demostración en la Alameda de las
Delicia. Detalle significativo, ya que en la capital no existe un servicio
contra incendios voluntario, a pesar de los insistentes reclamos de la
juventud.
8 de diciembre de3 1863 en
Santiago de Chie. El templo de las Compañía de Jesús se va llenando de
feligreses.
Muchas de las señoras que asistían
esa tarde al templo recordaban que el año pasado, como era tradicional al
terminar la misa, se celebraba una comunión general y se entregaban unas hojas
impresas con la imagen de la virgen y un verso dedicado a la hermandad de las
hijas de María. Era el quinto año de existencia de esa joven comunidad, y el
año anterior se leía en el papel: recuerdo de la cuarta comunión de las Hijas
de María.
En la hoja que se repartiría ese
año 1863 venía escrito el siguiente texto. Recuerdo
de la última comunión general de las hijas de María en el año 1863. Y todos
esperaban con ansias el desarrollo de la misa, porque el presbítero Ugarte
había anunciado que daría a conocer un gran secreto.
Faltando minutos para las siete
de la tarde, y con la iglesia ya repleta de fervorosas familias, los
monaguillos terminaron de encender las 7 mil luces. El fuerte calor inundaba
las naves en los momentos en que el sacristán aplicó la llama a la media luna
de vidrio que, llena de parafina, iluminaría la imagen de lo virgen María. Detrás
del altar aún se podía oler la pintura fresca de un gigantesco lienzo al óleo
que representaba a la madre de Jesús.
Fue en ese momento que surgió una
alta llamarada desde la media luna, alcanzando las guirnaldas de papel y cera
que se elevaban hacia la cúpula. Uno de los feligreses se sacó su chaqueta para
apagar el principio de incendio, pero las chispas saltaron hacia todas partes
prendiendo las coronas de papel encerado que se inflamaron por la alta
temperatura ambiente. El grito de ¡Fuego! Aterró a los asistentes a la
ceremonia. Y el pánico invadió los espíritus que hasta ese momento solo
pensaban en disfrutar la ceremonia, y ahora de pronto solo pensaban en como
escapar del infierno.
Un solo grito de terror se elevó
desde el corazón del templo. Como en una tragedia planificada hasta en su
último detalle, el fuego se expandió violentamente por el techo, bajando en
columnas delgadas hacia las lámparas de parafina. En pocos segundos éstas
estallaban dejando caer una cascada de fuego líquido sobre las aterrorizadas
víctimas. Lentamente se iba formando una laguna de fuego que tragaba a las
espantadas mujeres.
Sin posibilidades de salir,
porque las puertas se bloquearon con los cuerpos que intentaban arrancar.
En la calle, solo dolor,
impotencia, sin elementos para combatir el fuego y viendo cómo sus parientes
eran devorados por las llamas frente a sus ojos.
La más grande tragedia de la historia de Chile se desarrollaba frente a ellos.
Lo que siguió es mejor
silenciarlo. Una hora duró el holocausto religioso, hasta que finalmente el
gran campanario y la cúpula del templo se derrumbaron en un gemido final. Las
campanas golpearon contra las piedras dando el último toque de la tragedia.
Fuera, en las calles, el
silencio. Como petrificados, el presidente de la República, los ministros, los
familiares, la policía y los héroes anónimos que habían luchado sin descanso
intentando salvar a tantas víctimas, guardaron silencio.
Las calles se llenaron de hileras
de cuerpos irreconocibles. Y al día siguiente ciento setenta y cuatro veces los
carretones fueron llevando los restos hasta la gran fosa común abierta en el
cementerio. Dos mil personas que fue imposible reconocer por sus parientes,
fueron depositadas en medio del dolor de un pueblo que seguía sin despertar de
la pesadilla que estaba viviendo.
Y vino la reacción y al grito de
¡demoler el templo! se inició el último acto de esa tragedia. Días más tarde,
en la catedral de Santiago se realizaba la misa fúnebre de las dos mil
doscientas víctimas. En la prensa la noticia llenaba páginas y páginas. Y en
los diarios El Ferrocarril y La Voz de Chile apareció un pequeño aviso, de no
más de tres centímetros por uno, en que el ciudadano José Luis Claro hacía un
llamado a los jóvenes de la capital, para reunirse el día 14 de diciembre, a
seis días de la tragedia, para formar una compañía de bomberos voluntarios.
La respuesta fue inmediata e
impresionante. Cien, doscientos jóvenes llegaron hasta la oficina del señor
Claro, solicitando incorporarse a la generosa idea. Y llegaban políticos
destacados pertenecientes a todas las corrientes ideológicas, sacerdotes,
mineros y empresarios, jornaleros y artesanos. Y fueron tantos, que se decidió
citar a una nueva reunión para el día 20 de diciembre en los salones de la
filarmónica. No una compañía sino un Cuerpo de Bomberos iba a nacer ese día.
Doce días habían pasado desde que
la mayor catástrofe de nuestra historia arrebatara a más de dos mil víctimas, y
ya la sociedad reaccionaba como un solo ser ante el llamado de José Luis Claro.
Y se vio al ingeniero norteamericano Henry Meiggs, el mismo que recién
inauguraba la construcción del ferrocarril entre Valparaíso y Santiago; más
allá al padre del radicalismo, Guillermo
Matta, y sus hermanos, y sus correligionarios Ángel Custodio Gallo y
muchos más, todos levantando la mano para solicitar un lugar en la nueva
falange de voluntarios. Y estaban los comerciantes, los mineros, los dueños de
empresas y funcionarios de la compañía
anglo-chilena de gas de Santiago, y la colonia francesa, y todos aportando
dinero y voluntad para fundar el Cuerpo de Bomberos de Santiago.
Cuántos de ellos no habían
perdido a parte de su familia. Si hasta el mismo intendente de la capital,
Francisco Bascuñán Guerrero, había visto desaparecer a su hermana y sus
sobrinas.
Fue un momento maravilloso donde
el drama vivido abría espacio a la esperanza, a la verdadera solidaridad.
La prensa es el mejor espejo de
una sociedad. Y junto a las interminables listas de víctimas identificadas,
aparecían pequeños avisos que ofrecían ataúdes a menor precio, o se describía a
una niñita rubia que buscaba a su familia, o el aviso anunciando casas que
habían quedado absolutamente vacías después de la tragedia.
Del
dolor a la esperanza.
Benjamín Vicuña Mackenna, ese
monstruo creador de textos, recogía toda la información a la que podía acceder
en esos días. Copiaba los artículos de la prensa, asistía a las reuniones de
todas las comisiones que se formaron en esos días. Comisiones para recolectar
fondos para socorrer a las víctimas, comisiones que recorrían los barrios
solicitando ayuda. Vicuña Mackenna escribía día y noche. Y de su pluma febril
nacía un nuevo libro, el Incendio del
Templo de la Compañía de Jesús, que se publicaba impreso el día 28 de
diciembre de 1863. En veinte días había escrito e impreso un libro con la más
completa información del drama vivido por la ciudad.
¡Veinte días!
Por algo, el poeta nicaragüense
Rubén Darío dijo de él, que era el único genio que había producido América.
Ese día 20 de diciembre de 1863
se organizaban los ciudadanos en cuatro compañías de bomberos, tres de agua y una
de guardias de propiedad. Y días después se sumaban los ingleses de la Compañía
de Gas, encabezados por Adolfo Eastman, y formaban la primera compañía de
ganchos, hachas y escalas, y diez días más tarde la colonia francesa sumaba dos
nuevas compañías una de agua y otra de ganchos y escalas. En un mes, la joven institución podía mostrar
con orgullo sus primeras siete hijas.
Después de tanto dolor, la ciudad
podía dormir tranquila, porque eran sus propios hijos los que iban a velar por
sus hogares.
Un 8 de diciembre de 1863, la
capital del país perdía a dos mil de sus almas. Siete años más tarde, el 8 de
diciembre de 1870, el joven Cuerpo de Bomberos de Santiago entregaba su primera
víctima, su primer mártir, a la misión asumida voluntariamente. En el incendio
del Teatro Municipal entregaba su vida el joven italiano Germán Tenderini,
cuando intentaba controlar el paso de las cañerías de gas, en medio de las
llamas que consumían al teatro.
Todo eso ocurría un día 8 de
diciembre, una fecha que no debemos olvidar, porque, tal como lo decíamos al
inicio, las alegrías y las tragedias de un pueblo se van cubriendo de olvido, y
la única forma de mantenerlas vivas es recordándolas cada cierto tiempo.
Gobernadores de Chile y otros
Gobernadores de Chile.
¿Se ha
preguntado usted cuántos gobernantes hemos tenido en Chile desde que don Pedro
de Valdivia se instalara en el valle de Mapocho hasta nuestros días?
¿100?,
¿200?, ¿300?.... No es fácil, así es que le vamos a dar una mano.
En 160 oportunidades
hemos tenido a un gobernante de la capitanía general y más tarde República de
Chile. 160 gobernantes ha tenido Chile a lo largo de su historia. Ahora bien, algunos son famosos y otros
absolutamente desconocidos. Entre los primeros, Pedro de Valdivia, Rodrigo de
Quiroga, Francisco de Villagra y García Hurtado de Mendoza. Absolutamente
reconocidos por ser los personajes de la conquista española. Y con Hurtado de
Mendoza se iniciaba la colonia.
Fácil. Y
sabemos que el último gobernador español colonial fue don Francisco Antonio
García Carrasco en 1810, cuando le entregó el mando a don Mateo de Toro y
Zambrano, quien, de gobernador colonial pasó a ser presidente de la primera
junta de gobierno ese mismo año 1810.
Pero hay
algunos que ni siquiera imaginamos que algún día fueron gobernadores de nuestro
país.
Y para
entretener esta conversación, vamos a recordar a algunos de esos personajes que
pasaron, sin pena ni gloria, por el palacio de los gobernadores de Chile.
Don Diego González Montero y Justiniano.
Les voy a
contar la breve historia del aun más breve gobierno de don Diego González
Montero y Justiniano, que alcanzó el más alto título en dos oportunidades pero
solo en forma interina. El bueno de don Diego González Montero y Justiniano
había nacido en Chile en 1588, y su madre se llamaba Ginebra Justiniano, pero
no tenemos antecedente alguno que el nombre de mamá, Ginebra, haya influido en los gustos del muchacho.
Cuando don
Alonso de Ribera, uno de los gobernadores militares más famosos de la colonia,
se hizo cargo del mando, nombró a nuestro don Diego González Montero y
Justiniano ni más ni menos que alguacil mayor el día 17 de febrero de 1605.
Por fin un
título para mostrar a la familia.
Ahora, no
sabemos si le mostró su título a su primera señora o a la segunda, ya que el
sufrido don Diego González Montero y
Justiniano casó en primeras nupcias con doña María Clara de Loaiza, y en
segundas nupcias con doña Ana del Águila Sarmiento, que no lo sabemos, pero
que con esos apellidos debe haber controlado al bueno de don Diego y que debió
morir anciana por su segundo apellido.
Un año más
tarde el nuevo gobernador lo nombraba capitán de caballería, y más tarde,
capitán de infantería hasta llegar a maestre de campo en 1625. Hasta aquí, todo
bien. Incluso fue nombrado gobernador interino en caso de muerte del gobernador
titular. Y cuando en 1662 falleció el gobernador Pedro Porter y Casanate, todos
miraron a don Diego González Montero y Justiniano y fue nombrado gobernador
interino.
Pero la
alegría le duró apenas desde febrero a mayo de 1662, cuando llegó el nuevo
gobernador don Ángel Peredo.
Pero, como
todo buen afán tiene siempre recompensa, ocho años más tarde fallecía el
gobernador de esos días, don Diego Ávila Coello Pacheco, marqués de
Navamorquende, y nuestro buen Diego González Montero y Justiniano asumió como
gobernador interino, mientras llegaba el nuevo gobernador en propiedad.
Pero
nuestro sufrido personaje estaba enfermo, entregando el mando militar a su
hijo. Pero alcanzó a estar como gobernador interino desde febrero hasta
octubre, cuando llegó el propietario don Juan Henríquez de las Casas.
Pero hay un
dato que podemos destacar en la oscura existencia de nuestro personaje: fue el
primer chileno que fue presidente de la Real Audiencia, gobernador y capitán
general en una época en que todos eran españoles.
Y merece
todo nuestro respeto.
El eterno
gobernador interino falleció en 1673, a la avanzada edad de 85 años.
Don Pedro de Vizcarra.
Recuerdos
de nuestros gobernadores, los más desconocidos, aquellos que usted, de seguro,
nunca había escuchado, como es el caso de don Pedro de Vizcarra. Este abogado
había nacido en España, y las crónicas no han conservado no siquiera el año que
nació ni el año en que murió.
Sabemos que
fue abogado, que viajó a América en función de legislador para administrar las
riquezas que se sacaban sin descanso a los pobre indígenas, y que anduvo por
Nicaragua, donde casó con la señorita María Arias Riquel, para después meterse
en litigios legales y militares en Quito y en Lima, hasta que lo mandan a Chile
en 1590. Esa fecha la tenemos al menos de seguro.
Llevaba
solo un día cuando el gobernador Alonso de Sotomayor lo deja al mando del
gobierno. Sin duda, la carrera administrativa más rápida de la historia
americana.
Dos meses
más tarde llegaba el nuevo gobernador, el desgraciado y desventurado Martín
Óñez de Loyola, ni más ni menos que sobrino del fundador de la orden de los
jesuitas.
El nuevo
gobernador llegó en 1592 y ocho años más tarde moría combatiendo con los
mapuches, en el terrible desastre de Curalaba.
Y nuestro
abogado asumía interinamente el cargo de gobernador, arrasando los campamentos
mapuches y dando un duro golpe a los alzamientos indígenas. Hasta que llegó el
nuevo gobernador y dejó el cargo.
La vida de
este abogado convertido en militar y gobernador se habría perdido en las
penumbras del olvido si no fuera porque siendo juez le tocó procesar al tío de
la Quintrala, el capitán Juan Rodulfo Lisperger.
Y nunca más
supimos de él.
Mientras en
nuestro territorio luchaban los conquistadores españoles con los mapuches, en
el resto del mundo las cosas no andaban muy tranquilas.
Si algo
caracteriza a esos años que van desde los 1500 a los 1600 son las permanentes
guerras religiosas. En Francia se enfrentan católicos y hugonotes, incluyendo
una noche de terror como lo fue la Noche de San Bartolomé, en la que solo en
París fueron asesinados 2.000 protestantes y otros 10.000 más en provincias.
En los
Países Bajos estallaba otra guerra religiosa, donde los reyes católicos
intentan imponer su religión a belgas y holandeses. Los ingleses apoyan a los
protestantes atacando las naves españolas que llegan desde la Indias. Son los
tiempos del corsario Francis Drake.
El imperio
turco está en plena expansión y solo va a ser detenido en la batalla de
Lepanto, en pleno mar Mediterráneo en 1571. En esa batalla estuvo don Miguel de
Cervantes y Saavedra, el autor del Quijote de la Mancha y conocido desde
entonces como “el manco de Lepanto”.
Y en Chile,
estábamos en plena guerra de Arauco, que va a durar más de trescientos años.
Como vemos,
las historias y los personajes se van entretejiendo para mostrarnos un tapiz más amplio y completo de
una época.
1571.
Si decimos
1571, recordamos la batalla naval de Lepanto.
¿Qué otras
cosas ocurrían ese año?
Varios
nacimientos ilustres:
Nace el
escritor español Tirso de Molina, nace el pintor Michelangelo Merisi de
Caravaggio, más conocido como il Caravaggio, y el gran astrónomo Johannes
Képler.
Como ve,
fue un año muy destacado en nuestra historia universal.
Qué de
cosas han pasado en estos doscientos años de país independientes y en estos 13
mil años de presencia humana en nuestro territorio. En el año 2013 se van a
recordar los ciento cincuenta años de la fundación del cuerpo de bomberos de
Santiago. Y habrá muchas actividades relacionadas con tan importante fecha. Y
recordaremos los dramáticos hechos que dieron vida a los bomberos de la
capital, a sus personajes más destacados.
Y a
propósito, grandes personajes de nuestra historia y de nuestra cultura fueron
bomberos.
Por nombrar
a algunos, don Valentín Letelier, don Fermín Vivaceta, don Enrique MacIver, el
presidente don Pedro Montt, el presidente don Aníbal Pinto, el ministro don
Antonio Varas, el constructor de ferrocarriles don Enrique Meiggs, grandes
políticos radicales como los hermanos Matta y los hermanos Gallo, y cientos y miles más de chilenos y extranjeros que han
pasado por las filas de la institución favorita de los chilenos, los cuerpos de
bomberos voluntarios del país.
Recuerdos de José Zapiola
¿Se acuerda de José Zapiola? “Cantemos la gloria del himno triunfal que el pueblo chileno obtuvo en Yungay...” ¿Se acuerda de haber cantado esta canción en el colegio? No sabe cuánto me alegro, porque ahora simplemente no se canta, y nada la conoce. Una lástima.
¿Se acuerda de José Zapiola? “Cantemos la gloria del himno triunfal que el pueblo chileno obtuvo en Yungay...” ¿Se acuerda de haber cantado esta canción en el colegio? No sabe cuánto me alegro, porque ahora simplemente no se canta, y nada la conoce. Una lástima.
Pero,
volvamos Zapiola y sus recuerdos de treinta años. En uno de sus textos anota:
“San Bruno (se refiere al temido capitán de los Talaveras durante la
Reconquista), San Bruno, años de 1815 y 1816, había dado a lo que entonces
podía llamarse policía de seguridad, esa forma odiosa y a veces burlona que ha
pasado con horror hasta estos tiempos”. Y agrega Zapiola que al ingresar las
tropas españolas a Santiago, después de la victoria de Rancagua en 1814, la
ciudad estaba completamente embanderada con los colores de España.
¿De dónde
salieron esas banderas?
Y eran
banderas nuevas, porque antes de 1810 nadie ponía banderas en las casas. Pero
nuestro previsor pueblo las tenía guardadas, por si acaso.
Y un dato
que no deja de llamar la atención cuando pensamos en la mentalidad de nuestros
conciudadanos. El día de la batalla de
Maipú, es decir, el 5 de abril de 1818, las tropas realistas recibieron desde
Santiago y de regalo, pan caliente antes de entrar en combate, mientras que las
fuerzas patriotas un poco de pan frío.
Así se
escribe la Historia, esa historia chiquitita pera tan significativa.
¿Compró ya
los “Recuerdo de Treinta Años” de José Zapiola?
Este
brillante músico había nacido en 1802, sin conocer a su padre, Bonifacio
Zapiola, que nunca se casó con su madre Carmen Cortez. Y eso lo colocó de
inmediato en la segunda fila de la escala social de aquel entonces.
Cuenta el
propio Zapiola que el primer día en llegar a clases fue incluido en la primera
sección. En esa época había una primera sección para la gente de bien y una
segunda sección para los más pobres. Y lo colocaron en la primera sección
porque llegó muy bien vestido y con medias blancas. Pero muy pronto,
descubierta su realidad, lo destinaban a la segunda sección, pasando así su
primera vergüenza social.
Y al
terminar sus estudios entró como aprendiz de un viejo joyero para iniciar así
un oficio. Nunca aprendió, pero se entretenía tocando instrumentos, e imitando
las trompetas de los talaveras que dominaban las calles de Santiago durante la
Reconquista española, y más tarde a los músicos del ejército libertador.
Y así se
inició en la música, convirtiéndose en uno de los mejores exponentes de la
cultura musical chilena.
Los conquistadores.
¿Se imaginan cómo serían esos días en que un puñado de conquistadores se internaba por gigantescos desiertos, con sus petos metálicos amarrados a la montura, descubriendo con sus ojos europeos los inmensos territorios del nuevo mundo?
¿Se imaginan cómo serían esos días en que un puñado de conquistadores se internaba por gigantescos desiertos, con sus petos metálicos amarrados a la montura, descubriendo con sus ojos europeos los inmensos territorios del nuevo mundo?
Acostumbrados
a llevar una vida de carencias en su tierra natal, de la que arrancaban para
encontrar fortuna en el nuevo continente descubierto hacía tan poco por
Cristóbal Colón, de pronto un golpe de suerte los convertía en grandes señores,
con cientos de aborígenes de su propiedad, pero con la mano siempre cerca de la
empuñadura de su espada. Riqueza y peligro dormían siempre juntos en su sueño de
conquistador.
Algunos de
los acompañantes de Valdivia se internaron con él al sur, siempre al sur,
recorriendo cordilleras nevadas, desiertos y selvas en un permanente avanzar.
Al final de la mirada, el oro, la mágica respuesta a tantas privaciones. Y se imaginaba
regresando a España, vestido de gran señor, luego de hacerse la América.
La
expedición militar más grande de la historia de la conquista la encabezó el
adelantado don Diego de Almagro, cuando avanzó a Chile en 1535.
Imagine lo
que era encabezar una expedición con 500 soldados, 100 esclavos negros y 10 mil
indios yanaconas. Más que una ejército, una invasión.
Y al
frente, Almagro, que nunca aprendió a leer ni a escribir, hijo ilegítimo, sin
apellido, por lo que llevaba el que describía su lugar de nacimiento: Almagro.
Tuerto por una flecha que el hirió en su conquista del imperio incásico, y
rumiando la rabia por los títulos que Pizarro había obtenido del propio rey de
España, relegándole a un papel segundón en la Historia de la Conquista.
En 1536 descubría
Chile.
Y en 1537,
frustrado, sin haber encontrado el oro soñado, en la más absoluta miseria luego
de haber invertido toda su riqueza en la expedición, regresaba al Perú donde
poco después encontraría la muerte horrorosa en el garrote, a manos de sus
enemigos, los hermanos Pizarro.
Así de
fuerte, así de brutal fue esa época donde comenzaba a gestarse la raza
latinoamericana.
Pocos
españoles regresaron a su patria. Convertidos de pronto en dueños,
terratenientes y encomenderos, con cientos de hectáreas de su propiedad y
cientos de indios a su servicio, nada de esto se podía comparar a las tierras
áridas y secas de la meseta castellana de la que habían salido en búsqueda del
oro.
Historias de Terremotos.
Un recuerdo del terremoto de 1906. Fue un sismo terrible que destruyó Valparaíso y parte de Santiago. Cuentan las crónica de Alfonso Calderón que el Teatro Municipal de Santiago comenzó a quebrarse en medio del movimiento terrestre, y el público salía corriendo horrorizado hacia la Alameda. Esa noche se estaba presentando la ópera Tosca, con el maestro Armani, Paoli, la Agostinelli, Amelia Pinto y Nicoletti.
Un recuerdo del terremoto de 1906. Fue un sismo terrible que destruyó Valparaíso y parte de Santiago. Cuentan las crónica de Alfonso Calderón que el Teatro Municipal de Santiago comenzó a quebrarse en medio del movimiento terrestre, y el público salía corriendo horrorizado hacia la Alameda. Esa noche se estaba presentando la ópera Tosca, con el maestro Armani, Paoli, la Agostinelli, Amelia Pinto y Nicoletti.
Cantantes y
público corrían desesperados por las calles buscando u n lugar amplio, como la
Alameda, y siguieron corriendo hasta tirarse de rodillas frente a la iglesia de
San Francisco, pidiendo confesión y perdón.
Tan
dramático como ese terremoto lo había sido el de 1647, conocido como el
terremoto del señor de Mayo, y que tuvo como protagonistas principales al
obispo Gaspar de Villarroel y la famosa Quintrala, doña Catalina de los Ríos y
Lisperguer.
Si anda por
Santiago, vaya al templo de San Agustín, y visite al Cristo de la Agonía. Es el
mismo que fue testigo del terremoto de 1647, y podrá ver cómo la corona de
espinas rodea el cuello de la imagen, sin ser posible subirla y colocarla en la
frente, como estaba originalmente dispuesta antes de resbalar con el terremoto.
Los
terremotos son, para muchos devotos, un castigo divino, algo así como el fuego
sagrado que destruyó Sodoma y Gomorra.
Hubo un
terremoto en los tiempos de nuestra independencia al que la aterrada población
acusó como responsable al mismísimo director Supremo Bernardo O’Higgins.
Fue la
noche del 19 de noviembre de 1822.
Solo
digamos que esa noche fue de terror, con el mar que atacó en varias
oportunidades al destruido puerto de Valparaíso, que el propio O’Higgins debió
ser sacado del palacio de gobierno que se caía a pedazos, y que el cielo había
sido cruzado por una luz aterradora.
El
responsable fue, para los fanáticos, un castigo porque O’Higgins había creado
el cementerio general, entre otras impiedades.
Cosas curiosas
y recordables de nuestra Historia.
lunes, 20 de agosto de 2012
Despedida de Alberto
Me han pedido que publique mis palabras de despedida en los funerales de Alberto el día Catorce.
Y estas fueron:
Querido hermano, único hermano y compañero de toda mi vida.
Y estas fueron:
Querido hermano, único hermano y compañero de toda mi vida.
¿Te acuerdas cuando, siendo niños, nos dividimos la Historia del Mundo? Yo, hasta los griegos. Tú, desde los romanos en adelante. Yo, el renacimiento. Tú, las guerras napoleónicas.
¿Y de las maquetas de las grandes batallas que fabricábamos con alfileres, plastecina y esmalte, y que años después fueron los dioramas que se exhiben en nuestros grandes museos militares?
Siendo estudiantes del colegio, corríamos al sonar las sirenas de incendio para admirar a esos héroes que recortaban sus negras siluetas contra el telón de llamas naranjas.
Quisimos ser bomberos y fuimos bomberos. Tú primero, yo después.
Sin imaginarlo entonces, fuiste el brillante Secretario General del Cuerpo por nueve años. Y yo siempre a tu lado, cuando creabas la revista 1863 o el Museo de los Bomberos.
En el año 1987, en el centenario de la tragedia de los mártires Johnson y Ramírez, una nueva tragedia se estaba gestando en el interior de nuestra compañía de entonces.
Pocos podrán comprender el dolor del exilio de Alberto y tantos otros.
Fuiste un proscrito por más de dos décadas.
Pero, ante nuestra insistencia, golpeaste la mejor puerta de los bomberos, tu querida Catorce, la de tu amigo y compadre Felipe Dawes. Y esas puertas se abrieron de par en par para recibirte de pie en medio de los aplausos.
Fue tu noche inolvidable. Volvías a ser feliz.
Y cuando vivías el mejor momento de tu vida.
Cuando la catorce te elegía secretario a un año de ingresar.
Cuando preparábamos las maletas para el sueño más ansiado: ir juntos a Londres,
la noche del sábado enfrió tu aliento para siempre.
Pienso que los grandes dolores de tu vida no te dieron permiso para disfrutar la felicidad.
Y en un acto de rabia feroz, te silenció para siempre.
Pero hiciste tanto en esta vida, que el recuerdo de cada uno de ellos te mantendrá siempre vivo entre nosotros.
Si te vas preocupado, porque faltó terminar tantos trabajos por ti iniciados, te digo aquí que nuestros hijos y yo hemos tomado el desafío de cumplir la tarea que has dejado inconclusa.
Lo que me da más rabia en este instante es el vacío que me dejas, compañero de tantas ideas, porque te llevas la mitad de mí.
My one and only brother, my life partner, for all you have done, you can rest in peace.
Farewell, dear Albert.
viernes, 17 de agosto de 2012
Adiós, hermano querido.
Alberto Márquez Allison
Cuando se fue de mi casa la noche del sábado
iba sonriendo. Durante más de cuatro horas habíamos estructurado el libro para
los 150 años de los bomberos de Santiago, ordenado el cierre del libro sobre
Historia de los Uniformes Militares y
nos habíamos dado tiempo para definir nuestro itinerario en Londres. Veía su
cara radiante, como imaginando cumplir el sueño de tantos años. Ir los dos
hermanos, por primera vez juntos, caminando por las calles de Londres. Es una
justa recompensa a nuestro esfuerzo, me señalaba entre los cafés con queques
(tradición de cada sábado), y el plato de tallarines con huevos que le ofrecía,
fórmula no muy creativa de mi despensa semanal.
Alberto era un soñador y un realizador.
Habíamos compartido la Historia asumiendo cada uno una parte de ella; habíamos
entrado como bomberos, alcanzando cada cual destacados cargos. Fuimos a los
mismos colegios, y tras dar nuestros bachilleratos, entraba en la escuela de
derecho de la Chile y yo en la de periodismo. Siempre tres años después de él.
Siempre estuvimos juntos, en las buenas y en
las malas. Se le ocurría hacer un diorama para un museo, y ahí estábamos todos
pintando figuras, haciendo los terrenos, siempre a escala metódica, con un
bagaje de información que entregaba a torrentes. Cuando escribí la novela histórica “Fuego”
leyó las quinientas páginas en tres días y me señaló las principales
correcciones. Cuando quería descansar me decía “vámonos a Viña” y caminábamos
por los recuerdos de nuestra infancia en el Cerro Alegre.
Tuvo momentos ingratos, humillantes para muchos
(cada cual sabe a qué me refiero), y siempre salió adelante. Era un caballero
de armadura frágil, siempre atento, siempre preocupado de los demás, siempre
tratándome como a su hermano chico.
En el largo dolor que siguió a su separación de
los bomberos y del ejército, guardó silencio. Y una vez más se levantó.
La muerte de Cristina, su esposa, fue el golpe
más fuerte de su vida. Y salió adelante. Su ingreso a la Catorce, fue la
recompensa magnífica a tanta postergación y mentira que se tejió en su contra.
La Catorce dio un ejemplo que vale la pena conocer. Cuando de propuso el nombre de Alberto para
incorporarse a la Catorce, no tuvo voto alguno en contra. Y fue recibido con
una ovación, con la compañía de pie. Y justo al cumplir un año de servicio, fue
electo Secretario con un solo voto en blanco, el de él.
Ha sido una de las figuras más destacadas del
Cuerpo de Bomberos de Santiago, un erudito en Historia Militar, un académico de
primer nivel, creador de Museos, revistas, libros, conferencista, padre-madre
de sus cinco hijos por largos años y un amigo cercano de los jóvenes
voluntarios de la Compañía.
¡Qué no fue Alberto! Como diría Rubén Darío.
Lo más importante para mí, es que fue mi
hermano, mi socio en cuanta aventura se le ocurrió. Por eso, al despedirle en
el cementerio el martes 14, ¡Catorce! en medio de bandas militares, gaiteros,
descargas de fusil y campanadas de la bomba, sentí que perdía la mitad de mi.
Seguramente ya estás conversando con nuestro
amigo Felipe Dawes, con quien compartiste tantos proyectos y tan hermosa
amistad.
Gracias Alberto, por todo lo que fuiste y por
la inmensa obra que dejaste.
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