martes, 11 de octubre de 2011

La dramática muerte de O'Carrol


Trompeta, Dragones de la Patria.

En Rancagua, una calle lleva el nombre de O’Carrol. Recuerda a un joven oficial irlandés que participó en la más cruel de las guerras de la Independencia: la Guerra a Muerte.

Fue Lord Cochrane quien entusiasmó al teniente coronel Carlos María O’Carrol para que viniera a Chile y se incorporase a las luchas por la libertad. O´Carrol lucía en su pecho la Cruz  de Carlos III de España, y la Flor de Lis de Francia de los Borbones, obtenida luego de su destacada participación en la derrota napoleónica en Waterloo.


Beauchef y Viel, jóvenes héroes franceses, llegaban después de Chacabuco (1817), integrándose de inmediato a las campañas en el sur. O’Carrol llegaba después de Maipú (1818). Es reconocido como teniente coronel y se le encarga la organización del tercer escuadrón de los Dragones de la Patria, en la ciudad de Curicó. Allí el joven oficial disciplina a los mejores jinetes de la zona, a la vez que se enamora de una joven criolla.


 A fines de 1819 iniciaba su campaña al sur, contra las montoneras realistas. Su primera victoria la obtendrá en San Carlos. Luego se unía al mariscal Alcázar en Los Ángeles, pasando el siguiente periodo en escaramuzas contra bandidos, criminales y asaltantes. Pero el ejército realista no descansaba y O’Carrol es enviado a Rere y de ahí reunirse con el teniente coronal Benjamín Viel para enfrentar al enemigo. Se unían dos antiguos enemigos en la batalla de Waterloo (1815), asumiendo el mando de las operaciones el comandante O’Carrol.


La fuerza patriota se dirige a Pangal, donde se concentra el enemigo. De pronto son rodeados por cientos de lanzas montonera, imposibilitándoles cualquier movimiento. O’Carrol no reacciona mientras las lanzas realistas van matando uno a uno a los milicianos de la retaguardia. De pronto O’Carrol despierta de su sopor y sacando su sable se lanza contra el afilado cerco enemigo.
Dicen que se batió como un león, hasta que un lazo rodea su cuerpo, arrastrándolo hasta los pies del jefe realista, el montonero Vicente Benavides. Al notar que O’Carrol era un oficial extranjero, le ordena que se prepare para morir. Pocos momentos después era asesinado a lanzazos.


Charles Maria O’Carrol pertenecía a una aristocrática familia irlandesa, incorporándose a las campañas contra Napoleón, alcanzando en siete años de campaña su merecido ascenso a teniente coronel, a los 26 años. Había nacido en 1789, y moría en 1820, en un territorio que recién comenzaba a conocer y al que entregó su vida.

domingo, 9 de octubre de 2011

Francisco Miranda, el padre de la independencia.

Pocos son los que ven en Francisco Miranda (1750-1816) al padre de nuestra independencia. Al repasar su vida, sus viajes y sus acciones militares, Miranda se nos aparece como un ser único en nuestra Historia. En el breve espacio que nos permite esta página nos vamos a referir a su permanencia en Europa, convulsionada por los cambios políticos de fines del siglo XVIII.

Llegado a España en 1771, adquiere el título de capitán de infantería, cancelando 85.000 reales de vellón (como se hacía en aquellos tiempos), preparándose previamente en profundos estudios de matemáticas, idiomas y arte militar. Dos años después de haber llegado, ingresaba al Regimiento de Infantería de la Princesa, mezclando combates y vida social. Héroe en el sitio de Melilla (1775), herido en el combate de Argel el mismo año, arrestado por mal uso del uniforme militar, vigilado por la Inquisición a raíz de su biblioteca rica en libros prohibidos, finalmente es enviado a Cádiz al Batallón de Aragón.

Y parte a la guerra en Estados Unidos, donde en la batalla y victoria de Pensacola, Miranda se gana las jinetas de teniente coronel. Enviado como espía a Jamaica, en poder de los ingleses, logra sacar la información precisa de sus defensas, y cuando está elaborando el plan de ataque, es acusado formalmente por la Inquisición. Nuevas acciones militares, nuevas acusaciones hasta que finalmente escapa a Estados Unidos. La guerra por la independencia ha terminado, pero Miranda se convierte en personalidad, tratando con destacados políticos, entre ellos conoce al propio George Washington en Filadelfia, y a Samuel Adams. Pero las persecuciones españolas lo obligan a abandonar los Estados Unidos, trasladándose a Inglaterra en 1785.

Pero nuevamente es vigilado, bajo la acusación de traición a España, y resuelve viajar a Rusia. Recorre Bélgica, Alemania, Austria, Hungría y Polonia, aumentando su saber, y sus colecciones de libros. En Rusia establece amistad con el Príncipe Potemkin, quien lo presenta ante la emperatriz Catalina la Grande. Pero ningún espacio es suficiente para el gran Miranda, y está en París en 1791, en plena Revolución Francesa. Amigo de los girondinos, como Brissot y Villaneuve, se une a la campaña de La Convención contra los Países Bajos. Ya es el segundo comandante del ejército francés en la campaña, logrando entre otras victorias la de Valmy, en 1792. Es mariscal de Francia, cuando es acusado durante el régimen del Terror. Y aunque su nombre es grabado en el Arco de Triunfo durante el imperio de Napoleón I, resuelve viajar a Inglaterra, donde inicia su vasto plan de independencia americana. Amigo del ministro Pitt, planifica la invasión contra los españoles de América del Sur pero el fracaso final (1806), lo lleva a alejarse de las autoridades. Es entonces cuando crea la Logia Lautarina para darle independencia a Hispanoamérica, a la cual se integran los patriotas más decididos que están en esos días en el continente europeo.

Está a la cabeza de las guerras de la independencia en Venezuela. Pero, traicionado por sus compañeros de armas, es entregado a los españoles. Encerrado en Puerto Cabello y luego en Puerto Rico, hasta ser enviado a la prisión de La Carraca, en España.

Allí muere el padre de la revolución latinoamericana el 14 de julio de 1816, a los 66 años de edad. Un breve homenaje a uno de los grandes de nuestro continente.

Miranda en su prisión en La Carraca.

viernes, 7 de octubre de 2011

Los zapatos de Camilo Henríquez.



Fray Camilo Henríquez es el padre del periodismo en Chile. Su delgada figura, su pasión libertaria, su detención en Perú por orden de la Inquisición, que lo acusó de tener libros prohibidos en su biblioteca, y su máxima creación: la Aurora de Chile, lo convierten en una de las figuras más destacadas de nuestra independencia.
Fue periodista, diputado y presidente del senado. En 1811 había publicado su famosa “Proclama de Quirino Lemáchez”; autor entre otros del Ensayo Constitucional de 1812 inspirado por el gobierno de José Miguel Carrera. Exiliado en Mendoza después del desastre de Rancagua, regresa años después a continuar su gran obra cultural.

Ya escribiremos algunas informaciones más completas sobre este increíble personaje. Pero nos queremos detener en su estatua, inaugurada en el paseo Bulnes el año pasado. Una gran pluma en su mano derecha y una excelente reproducción de un  ejemplar de la Aurora en su otra mano. Pero lo que llama la atención de la estatua son dos cosas: su ropa y sus zapatos.

La figura fina de don Camilo aparece enfundada en una armadura metálica, que le hace verse grueso y tieso, y un cuello tipo golilla de encajes que cual pañuelo rebalsa su cuello religioso.

Pero al observar sus zapatones de minero uno se siente más que sorprendido.

Qué bueno que se alcen estatuas para recordarle a las nuevas generaciones a aquellos que nos dieron libertad, pero tengamos el cuidado en esos pequeños detalles que pueden distorsionar la propia dignidad de los homenajeados.

Digo yo.




martes, 4 de octubre de 2011

Vicente San Bruno.

Pocos nombres en la historia de Chile están asociados a tantas atrocidades cometidas en dos años y medio de terror. Porque Vicente San Bruno Rovira fue el cerebro y ejecutor de la represión más violenta en contra de los patriotas derrotados en la batalla de Rancagua (1 y 2 de octubre de 1814).

Vicente San Bruno
Fraile lego de la orden franciscana en Zaragoza, dejó los hábitos para tomar el fusil en la guerra de independencia española contra Napoleón Bonaparte (1808). Cinco años más tarde, se incorporaba al regimiento Talaveras cuyo comandante era el coronel Rafael Maroto, dirigiéndose al Perú con el grado de capitán. Allí, su regimiento se  unía a la expedición que enviaba el virrey Abascal para terminar con la resistencia chilena. Llegados a Talcahuano, territorio eminentemente realista, marchaban hacia el norte, hacia la capital. En Rancagua eran esperados por los patriotas atrincherados en la plaza, pero después de dos días de sangriento combate, los restos de las tropas chilenas lograban escapar, destacando San Bruno en la violenta represión de los derrotados. Fusilamientos, y luego encierro de los heridos, mujeres y niños en el hospital, donde eran quemados vivos por orden suya.

Al entrar a la capital, sus nefastas actividades van a generar el terror entre los habitantes. Fusilamiento masivo de los detenidos en la cárcel pública, destierro a las islas de Juan Fernández de los principales cabecillas de la revolución, sin darles tiempo para aprovisionarse de ropa ni comida.

Como presidente del Tribunal de Vigilancia y Seguridad Pública mantuvo el poder total sobre el país, apoyado en sus decisiones por el débil gobernante Marcó del Pont. Pero, al otro de los Andes, comenzaba su avance el Ejército Libertador con San Martín y O’Higgins, los que el 12 de febrero de 1817 lograban una completa victoria sobre los realistas, entre los que se encontraba el capitán San Bruno, su ayudante el sargento Villarroel, y los Talaveras.
Ambos son detenidos, conducidos a la capital y tras un proceso seguido contra ellos, San Bruno y Villarroel eran fusilados en la plaza de armas el día 12 de abril.

Terminaba así la bestial carrera de este “fraile renegado” que llenó de terror las calles de Chile.

sábado, 1 de octubre de 2011

Los mártires de Rancagua.

A las 10 de la mañana del día sábado 1 de octubre de 1814 las unidades realistas esperaban la orden de atacar las trincheras patriotas. Solo cuatro calles conducían a la plaza de armas, donde se agitaban  mil quinientos defensores, encerrados tras las trincheras improvisadas en las cuatro salidas de la plaza. De los cinco mil soldados del ejército realista, sobre dos mil completaban el cerco.
Fue un combate sin tregua, horroroso, donde los cañones enrojecían por los disparos sin descanso, que se prolongaron el sábado 1° y el domingo 2 de octubre. Siete veces intentaron romper las defensas los atacantes del Rey, y siete veces fueron rechazados, pero a un alto costo humano para ambos bandos. Cerca de las cuatro de la tarde de ese domingo, la masacre hace imposible mantener la defensa y O’Higgins, sable en mano ordena la salida de sus escasas tropas montadas en caballos y mulas.

Todos conocemos ese pasaje histórico, con O’Higgins montado guiando a sus soldados que se abren paso entre las bayonetas españolas. Pero pocas veces hemos pensado en lo que ocurrió en la plaza de Rancagua después que los heroicos centauros lograron atravesar el cerco de fuego.
En el interior de la plaza el combate se hace más encarnizado. Los realistas invaden el lugar por sus cuatro costados exigiendo rendición incondicional. Los Talaveras avanzan por la destrozada calle de San Francisco y alcanzan el centro clavando sus banderas. Pero los tiros aislados de los últimos defensores hablan de la tenaz resistencia. Arrastrándose, el ensangrentado capitán Millán logra asilarse en el templo, donde será hecho prisionero. Casi formando un cuadro, los últimos defensores resisten. El joven penquista José Ignacio Ibieta y Benavente, sin piernas por los disparos del cañón enemigo, resiste hasta caer exánime. Frente a la entrada de la calle San Francisco, el teniente José Luis Ovalle mantiene en alto la bandera chilena, con sus ensangrentados colores azul, blanco y amarillo, mientras con su diestra hace molinetes con el sable; pero es acribillado a quemarropa. De inmediato, el teniente José María Yáñez, quien ha sido el acompañante de Ovalle, toma en sus manos la bandera antes que caiga al barro. Pero es destrozado por balas y bayonetas.

Más allá, en la calle de la Merced, el teniente coronel Bernardo de las Cuevas se defiende a sablazos. Golpeado una y cien veces, cae. Confundido con O’Higgins por su gran parecido físico, es fusilado en el acto. La resistencia se va debilitando, los disparos son aislados y los gritos de dolor son el coro que envuelve la plaza destrozada.
Pero faltaba el último acto de la barbarie.

Una casona convertida en hospital para el combate, cobija a los soldados heridos, a las mujeres, niños y ancianos. Hasta ese punto son arrastrados por los triunfadores los heridos que cubren las calles. Los encierran y prenden fuego por los cuatro costados de la casona. Las manos se crispan en las rejas mientras el humo y las llamas invaden el recinto. Los gritos se escuchan a cuadras de distancia, hasta que el silencio, como un bálsamo, cubre el lugar.
Días después, las rejas son sacadas de la construcción con las manos de las víctimas aún aferradas a los ahora tibios fierros, y exhibidas en medio de la plaza como advertencia que no habría cuartel contra los que resistieran el poder del rey.

Un episodio silencioso y olvidado, que valía la pena recordar en un aniversario más del desastre de Rancagua.